Nicaragua

Presentación

Por considerarlo de importancia, publicamos el capitulo IV del libro de Michael Gobat, titulado “Enfrentando el Sueño Americano”. En ese capítulo, Gobat analiza la rebelión de un sector del Partido Conservador, en alianza  con el Partido Liberal,  con el objetivo de luchar contra la intervención norteamericana, situación que dio origen la corta guerra civil de 1912, que fue aplacada a sangre y fuego por las tropas yanquis.

La Revolución Burguesa Frustrada Intervención Militar Norteamericana en la Guerra Civil de 1912

La breve pero cruenta guerra civil de 1912 marcó un profundo cambio en el curso de la historia de Nicaragua, en especial porque desencadenó la primera invasión de envergadura de los Estados Unidos en este país, desde el fiasco de Walker de mediados de la década de 1850. La invasión de 1912 ocurrió cuando los rebeldes antinorteamericanos estaban a punto de alcanzar la victoria, y abrió las puertas a la ocupación de Nicaragua por poco más de veinte años - la más prolongada en América Latina. A juicio de muchos líderes nacionalistas nicaragüenses de épocas más recientes, dicha intervención ha sido uno de los acontecimientos más trágicos en la historia de su país. Al igual que Tomás Borge, el poderoso ministro del interior de la Revolución Sandinista (197990), deploran que la invasión de 1912 haya frustrado “una revolución democrático burguesa, que nunca más volvió a levantar la frente”.1

En efecto, los dirigentes de la rebelión de 1912 no sólo presentaban su causa como una “revolución” impulsada por la “burguesía” modernizante en contra de la “aristocracia” retrógrada, sino también como una lucha por un orden más democrático y una mayor autonomía nacional.

Pero en realidad, ¿qué representaba esta “revolución burguesa”? Hoy día muchos nicaragüenses asocian la guerra de 1912 sólo con la célebre resistencia final contra los invasores norteamericanos, encabezada por el general Benjamín Zeledón. La mayoría de los combatientes revolucionarios de extracción popular compartían la posición nacionalista de Zeledón, y estaban dispuestos a luchar hasta la muerte. Pero, en el caso de la dirigencia del movimiento revolucionario, el martirio de Zeledón fue una excepción, pues todos los demás líderes optaron por rendirse, en vez de defender la soberanía de Nicaragua. No obstante, cumplieron su promesa de combatir la restauración conservadora de 1910, auspiciada por los Estados Unidos. En nombre de la libertad y la igualdad, los revolucionarios desataron una violenta persecución en contra de las élites progubernamentales. De acuerdo a muchos contemporáneos, la principal característica de la “revolución” de 1912 fue dicha violencia, y no la lucha contra el dominio imperial norteamericano.

No por mera casualidad, el ensañamiento contra la élite se observó sobre todo en Granada, bastión de las fuerzas insurgentes y de la oligarquía conservadora gobernante. Durante dos meses, los rebeldes torturaron y sometieron a humillaciones públicas a hombres y mujeres de prominentes familias granadinas. Lo más sorprendente es que los principales responsables de esta arremetida eran nuevos ricos “burgueses” seguidores de Mena y, al igual que sus víctimas, pertenecían al Partido Conservador. De acuerdo a las declaraciones posteriores de los agredidos, la violencia de 1912 fue de una naturaleza “salvaje” y, por tanto, irracional. Aunque este juicio no debe descartarse por completo, es obvio que el movimiento insurgente también constituyó un asalto revolucionario al orden social jerárquico. Los líderes rebeldes aprovecharon la animadversión generalizada contra los “aristócratas”, que gobernaban con el apoyo de EE.UU., para incitar a “los de abajo [a que] se lancen sobre los de arriba”, según un testigo de esa época.2

Pero cuando dichos líderes perdieron control sobre la ira popular, decidieron que su única opción era echarse en brazos de los invasores norteamericanos, en busca de su protección. De acuerdo a un “aristócrata” partidario de Díaz, cuando “el espectro de la anarquía comenzó a alzar su pavoroso rostro ... los mismos jefes que se habían levantado en armas contra el legítimo gobierno, espantados ante sus propias palabras, buscaron la protección de los marines americanos, y les entregaron el control de sus [bastiones]”.3 Dicha “entrega”, así como la violencia que la provocó, quizá sean los más patéticos legados de la frustrada “revolución burguesa” de Nicaragua.

Por la Libertad, la Igualdad y la Autonomía: Revolucionarios Nacionalistas al Ataque

La guerra civil estalló el 29 de julio de 1912, cuando el general Luis Mena se rebeló contra el gobierno conservador de Adolfo Díaz. El levantamiento ocurrió unas horas después de que Mena fuera obligado a renunciar a su cargo de ministro de guerra, aparentemente debido a su intención de derrocar a Díaz.4 Gracias a la mediación de George Weitzel, ministro representante del gobierno de los Estados Unidos en Nicaragua, Mena se salvó de la cárcel después de prometer que no atacaría al régimen de Díaz. Sin embargo, Mena no estaba dispuesto a ceder tan fácilmente. Al caer la noche, el depuesto ministro de guerra, acompañado de unos seiscientos leales soldados, se fugó hacia Masaya, un bastión liberal situado a unos treinta kilómetros al sur de Managua. Al mismo tiempo, fuerzas conservadoras lideradas por un hijo del general, tomaron control de Granada.

Una vez en Masaya, Luis Mena forjó una sólida alianza militar y política integrada por conservadores y liberales. Además, remitió cartas a varios dirigentes liberales, destacando el carácter nacionalista y bipartidista de su causa.5 La convocatoria de Mena tuvo un éxito rotundo, pues pronto reclutó a más de tres mil hombres para conformar el llamado Ejército Aliado. Según la mayoría de los relatos, la base social de estas fuerzas estaba conformada por artesanos, pequeños propietarios agrícolas y estudiantes.6

A fin de consolidar el carácter bipartidista de su movimiento, Mena compartió el mando con el general liberal Benjamín Zeledón. Además ordenó a sus tropas portar como insignia una cinta roja y otra verde, los colores tradicionales de los partidos liberal y conservador.7 En cuanto al número de soldados, las fuerzas rebeldes estaban a la par del ejército estatal, concentrado en Managua. Sin embargo, en términos de capacidad de fuego, los insurgentes tenían una clara ventaja, pues con anterioridad Mena había trasladado gran parte del arsenal del ejército oficial a la fortaleza de Granada, ahora comandada por su hijo. Por otro lado, la coyuntura política favorecía a Mena. Prominentes conservadores y liberales acudieron desde todos los rincones del país a sumarse a su movimiento. En Masaya, Mena constituyó una nueva Asamblea Nacional integrada por la mayoría de los diputados del congreso establecido antes de la guerra, un hecho que a juicio de los rebeldes otorgaba considerable legitimidad a su causa.8

De inmediato, la asamblea revolucionaria en Masaya arremetió contra el centro del proyecto imperial de los Estados Unidos. En primer lugar destituyó a Adolfo Díaz, el mandatario leal a EE.UU., y nombró en su lugar a Marcos Mairena, un conservador “menista” que antes ocupaba el cargo de segundo suplente del presidente.9 A continuación, este órgano legislativo impulsó un proceso democratizador, convocando a elecciones abiertas a la participación de todos los liberales.10 Finalmente, la asamblea dirigió sus esfuerzos a recuperar la soberanía de Nicaragua, decretando la nacionalización del ferrocarril y los vapores del país, que el depuesto gobierno había traspasado a manos de banqueros norteamericanos mediante la segunda convención de préstamos de junio de 1912. El decreto no era mera retórica, pues los rebeldes ya se habían apoderado de seis de las once locomotoras de la compañía, así como de dos barcos de vapor. El ferrocarril era de gran importancia militar para facilitar el movimiento de tropas y armas, mientras que los vapores permitían a los rebeldes controlar las estratégicas vías acuáticas del país. Además, estos modernos medios de transporte constituían símbolos clave de la soberanía nacional.

La recuperación del dominio de Nicaragua sobre el ferrocarril, en particular, era una promesa reiterada con frecuencia en los discursos de los líderes revolucionarios, en el marco de sus esfuerzos por conquistar el apoyo de sus conciudadanos para su causa."

La lucha contra la restauración oligárquica de 1910 fue otro elemento de igual o aún mayor peso para unir a los insurgentes, que provenían de diversos sectores sociales. Desde el inicio, los líderes rebeldes procuraron aprovechar los resentimientos de clase hacia los “aristócratas” gobernantes para impulsar su proyecto nacionalista. Por ejemplo, en su primer comunicado culparon a los “banqueros de Wall Street” y al “puñado de oligarcas nicaragüenses” de provocar “la miseria de las clases medias y bajas”.12 Además, incorporaron a su retórica nacionalista un discurso liberal en torno a los derechos ciudadanos. Por ejemplo, el general Zeledón arengó a sus tropas evocando la demanda popular por un orden más democrático: “Ciudadanos, recobraremos nuestros derechos: La igualdad ante la ley será como el Sol alumbrando a todos ... a los ricos y a los pobres. (...) Sin libertad no hay vida; sin igualdad no hay luz; sin autonomía nacional impera el caos. No más intervención en nuestros asuntos internos. (...) Queremos que haya verdadero bienestar para todos los humildes ... para los anónimos a quienes la oligarquía llama despectivamente ‘carne de cañón’ ”.13

Este discurso fue muy eficaz para conquistar el apoyo popular, por lo que muchos observadores extranjeros se convencieron que los rebeldes pronto derrotarían al gobierno pronorteamericano de Díaz.14 En efecto, en el transcurso de la semana posterior a la fuga de Mena hacia Masaya, el Ejército Aliado pronto tomó el control de la región suroeste de Nicaragua. Además, se apoderó de la estratégica línea férrea desde el puerto de Corinto en el Pacífico hasta Granada, y afianzó su dominio sobre las vías acuáticas más importantes del país.

Apremiado por el ministro norteamericano en Nicaragua, el presidente Díaz solicitó oficialmente la intervención del ejército de EE.UU. el 3 de agosto.15 El día siguiente, una modesta fuerza integrada por cien soldados norteamericanos desembarcó en Corinto y se trasladó a Managua. Las discordias entre las autoridades militares y civiles en Washington postergarían la aprobación de una invasión militar de envergadura hasta fines de agosto.

Mientras tanto, los insurgentes desestimaron las advertencias norteamericanas y continuaron su avance. El 11 de agosto recibieron la ansiada orden de atacar la capital. Durante los cuatro días siguientes los revolucionarios asediaron Managua con intensos bombardeos y cargas de infantería. En el curso de la batalla perecieron más de un millar de nicaragüenses; las calles y campos aledaños quedaron cubiertos de cadáveres.16 Contrario a sus expectativas, las fuerzas revolucionarias no lograron apoderarse de la capital; pero este revés no frenó su avance. Marcharon hacia el noroeste y tomaron León, después de una insurrección revolucionaria que culminó en la masacre de más de quinientos soldados del gobierno. (Véase imagen 8) A continuación, los rebeldes ocuparon Chinandega e incursionaron en varias zonas del departamento de las Segovias, en el centro y norte del país.17 Hacia fines de agosto, habían tomado control de gran parte del territorio nicaragüense, y sólo Corinto y Managua permanecían bajo el dominio del gobierno de Díaz.

La Violencia Revolucionaria como “Guerra Social”

Una vez afianzado el control sobre sus respectivos territorios, los dirigentes locales del movimiento revolucionario impusieron un “régimen de terror” - tal como lo calificaron muchos contemporáneos. Los actos de violencia revolucionaria más brutales ocurrieron durante la primera fase de la guerra, cuando los insurgentes se lanzaron contra las élites partidarias del gobierno y saquearon sus propiedades. La espiral de violencia cobró fuerza a raíz del desembarco de las tropas invasoras de EE.UU., a inicios de septiembre. En esta segunda embestida, los ciudadanos extranjeros, en especial los norteamericanos, también se convirtieron en blanco de la saña de los rebeldes. El último arrebato de furia se produjo hacia finales de la guerra, cuando los combatientes populares descargaron la frustración provocada por la pacífica capitulación de sus dirigentes ante el ejército de los Estados Unidos. El terror de 1912, calificado por sus principales víctimas como una “guerra social o comunista”, fue el máximo estallido de violencia contra la élite desde la revolución de Walker de 1856.18

La “guerra social” se desató con mayor furor en Granada, pues esta ciudad no sólo era el bastión de la oligarquía conservadora gobernante, sino también el lugar de residencia de los líderes revolucionarios más influyentes. Las crónicas de esa época tienden a achacar los actos de violencia a personas de fuera: “peones”, “Indios” o liberales leoneses.19 La realidad es otra: sus principales protagonistas eran conservadores granadinos.20

A los ojos de observadores extranjeros, los oligarcas conservadores “renegados” representaban el rostro público del movimiento revolucionario en Granada. Con escasas excepciones, descendían de antiguas familias de la élite y eran miembros de la facción “menista-progresista” del Partido Conservador, que se había opuesto a la promulgación del artículo religioso, así como al tratado de préstamos entre EE.UU. y Nicaragua.21 Muchos habían ocupado altos cargos políticos, y gozaban de considerable estatus social. Todos pertenecían al exclusivo club social de Granada. En general, los oligarcas insurgentes se identificaban con la “nueva” burguesía, supuestamente contraria a la rancia “aristocracia de sangre”. Pero, tal como hemos observado, dicho contraste era poco diáfano. Además, un buen número de los oligarcas revolucionarios guardaban lazos cercanos con sus contrincantes “aristócratas”, ya por la vía del parentesco, la pertenencia al club social de Granada, o simplemente como vecinos.22 Sin embargo, la división política e ideológica entre la élite conservadora granadina ya era tan profunda que una minoría considerable de este sector social acató el llamado a emprender una revolución antioligárquica.

Pese al notable estatus social de los oligarcas “renegados”, los principales dirigentes del movimiento revolucionario en Granada eran conservadores en vías de ascenso social, y no vástagos de antiguas familias de la élite.23 Uno de estos líderes era José de la Rosa Sandino, cuya reciente exclusión del club social de Granada había causado tanto revuelo. En gran medida, la influencia de estos nuevos ricos dentro del movimiento revolucionario de Granada obedecía a su pleno control sobre las tropas rebeldes locales. De hecho, ningún oligarca “renegado” figuraba entre la dirigencia militar del movimiento revolucionario. En contraste, muchos oligarcas granadinos, partidarios del gobierno de Díaz, integraban la jefatura del ejército oficial asediado en Managua. Los líderes castrenses más destacados de los insurgentes granadinos - el general Luis Mena y Alberto Osorno - encarnan dos tipos de nuevos ricos que dirigieron la revolución en esa ciudad. Mena era el típico ejemplo del advenedizo revolucionario, surgido del sector social de medianos ganaderos del área rural de Granada; por su parte, a los treinta y cinco años de edad, Osorno había acumulado cierta riqueza como comerciante citadino, y adquirido algunas propiedades agrícolas.

Al margen de su origen urbano o rural, los nuevos ricos revolucionarios de Granada aprovecharon con astucia las redes clientelistas locales para reclutar a más de quinientos combatientes rebeldes.24 Sin duda, sus esfuerzos se beneficiaron de la creciente animosidad contra el gobierno de Díaz y los Estados Unidos. Asimismo, la autoridad material y simbólica que estos líderes revolucionarios ejercían sobre la población rural favoreció sus propósitos. Muchos de estos nuevos ricos solían alquilar tierras baldías a campesinos locales a cambio de su mano de obra y, además, les prestaban modestas sumas de dinero. Por otra parte, procuraban controlar importantes centros de poder, tales como los gobiernos municipales y los clubes políticos locales.25 Estos líderes también gozaban de considerable prestigio en sus comunidades rurales, reflejado en su destacada posición en las directivas de cofradías locales (hermandades laicas con fines religiosos, organizadas para venerar a un determinado santo). Por ejemplo, Nazario Chavarría - un oficial de alto rango de las fuerzas revolucionarias granadinas, quien a sus cuarenta y dos años de edad poseía una extensa hacienda ganadera en Malacatoya - presidía la cofradía regional de Nuestra Señora de los Desamparados.26 En su calidad de mayordomo de dicha hermandad, Chavarría patrocinaba las fiestas religiosas de Malacatoya celebradas cada año los días 26 y 27 de abril, un evento que sin duda realzaba su autoridad entre la población local.

En cambio, los dirigentes revolucionarios urbanos aprovechaban sus estrechos vínculos con los artesanos que gozaban de influencia política. En particular, éste era el caso de dos de los principales protagonistas de la violencia revolucionaria en Granada. El primero, Alberto Osorno, era presidente de la Sociedad de Obreros y Socorros Mutuos, la organización mutualista más fuerte de la ciudad. El segundo, Valeriano Torres, un comerciante liberal de cuarenta y ocho años de edad, encabezó el grupo paramilitar “Cuadro Rojo” integrado sobre todo por artesanos, que operó durante la guerra de 1912.

En ocasiones, los nuevos ricos revolucionarios de Granada obtenían considerables recursos políticos y económicos a través de sus relaciones de parentesco con las antiguas familias de la élite. Los medianos ganaderos de Nandaime - que tradicionalmente eran figuras clave dentro de las principales redes clientelistas granadinas - tenían mayores probabilidades de forjar este tipo de vínculos que las personas originarias de Malacatoya o de la propia Granada. No obstante, tal como demuestran los casos de Luis Mena y José de la Rosa Sandino, los lazos familiares no garantizaban a los advenedizos que los “aristócratas” de Granada los aceptaran como sus pares.

Por el contrario, con frecuencia seguían percibiéndolos como “otros”, en términos raciales. La exclusión social basada en criterios raciales se notaba, sobre todo, en la renuencia de los miembros del club social de Granada a admitir a los advenedizos. Así, mientras todos los oligarcas revolucionarios pertenecían a dicho club, sólo uno de los nuevos ricos de su bando político había logrado ingresar a ese exclusivo centro social - Hildebrando Rocha, un destacado hacendado ganadero de treinta y ocho años de edad.

Los representantes de este orden jerárquico y racista se convirtieron en el blanco de la “guerra social” instigada por los nuevos ricos revolucionarios de Granada.27 No contentos con saquear las tiendas y haciendas de sus contrincantes, los insurgentes encarcelaron y torturaron a muchos oligarcas con-servadores partidarios de Díaz, en la céntrica iglesia de San Francisco que convirtieron en bastión militar.

Los testimonios de los prisioneros conforman la mayor parte de las fuentes históricas sobre la práctica de torturas, por lo que deben analizarse con cautela.28 Sin embargo, incluso algunos de los más acérrimos defensores del movimiento revolucionario admitieron que los rebeldes granadinos cometieron este tipo de agresiones. Por ejemplo, cuando la guerra llegó a su fin el periódico costarricense La Información - hasta entonces favorable a Mena - informó que los rebeldes granadinos tan ensalzados habían torturado a sus oponentes con un “un salvajismo digno de la edad media”.29

En la mayoría de los casos, este “salvajismo” consistía en encarcelar a las víctimas bajo condiciones pavorosas. Los revolucionarios ataban a los prisioneros, tanto a hombres como mujeres, los encerraban juntos en una celda oscura e inmunda, y los obligaban a dormir en el suelo cubierto de estiércol de caballos. Muchos enfermaron de gravedad, pues sus captores los privaban de agua y comida durante días. A veces los revolucionarios forzaban a sus prisioneros políticos más prominentes a meter la cabeza en retretes asquerosos, y los mantenían en esa posición durante cinco minutos antes de ofrecerles comida. Probablemente el sufrimiento de las mujeres haya sido peor, pues de acuerdo a diversos informes, muchas fueron violadas. Aunque no existe evidencia de ejecuciones o muerte de prisioneros a causa de las torturas, sin duda éstas figuran entre las más crueles sufridas por miembros de la élite regional más acaudalada de Nicaragua.

Diversas formas de humillación pública se cuentan entre las experiencias más traumáticas sufridas por las víctimas de la violencia revolucionaria en Granada. En efecto, de acuerdo a un testimonio, el principal propósito de la “guerra social” en esta ciudad era destrozar el honor de los oligarcas prisioneros.30 Esta opinión fue reiterada por muchas de las víctimas, que en declaraciones posteriores aseguraron haber sido objeto de constantes agravios por parte de los revolucionarios populares.31 Con frecuencia, éstos provocaban gran escándalo montando a sus víctimas a caballo de cara a la grupa, y haciéndolos desfilar por las calles de Granada en esa posición antes de encerrarlos en la cárcel.32

El peor acto de humillación pública perpetrado por los revolucionarios consistía en despojar de sus ropas a sus “aristocráticos” prisioneros, y obligarlos a caminar desnudos por la ciudad. El rico terrateniente Martín Benard Vivas fue una de las víctimas de este trato humillante. A sus cuarenta y dos años de edad, Benard era un político conservador muy influyente, y copropietario del principal ingenio azucarero del país (el Ingenio San Antonio), así como uno de los promotores de la reapertura del club social de Granada que su padre había contribuido a fundar en 1871. Al igual que muchos otros miembros de la “aristocracia de sangre” granadina, Benard fue arrestado por los revolucionarios de 1912 y llevado a una estación policial cercana. Allí, de acuerdo al testimonio que después ofreció su amigo Salvador Chamorro, los revolucionarios “lo desvistieron, lo ultrajaron de modo horrible [y] lo amenazaron con fusilarlo”.33 Luego de atarle una venda sobre los ojos, forzaron a Benard a caminar desnudo hasta la iglesia de San Francisco, ocupada como prisión por los rebeldes.

El humillante desfile de Benard refuerza la idea de que los revolucionarios de 1912 montaron algunos de sus actos de violencia como espectáculos públicos. De esta manera, ponían en escena el resquebrajamiento de la autoridad de la élite más prominente del país. Tal como argumenta la historiadora Dorinda Outram, con frecuencia el cuerpo físico ha sido empleado “como una imagen del orden del estado y la sociedad: el porte, rasgos y dignidad corporal ... de gobernantes y grandes personalidades ha sido, tradicionalmente, el medio ... a través del cual se ejerce el poder y se impone la autori-dad”.34 Siendo el cuerpo un recurso político tan significativo, sin duda la gente que presenciaba los espectáculos de violencia en Granada los entendía como un asalto al orden social jerárquico, encarnado en sus principales víctimas.

El abuso físico perpetrado por los revolucionarios en contra de las mujeres de la élite fue otra expresión de la naturaleza política del “régimen de terror”. Los insurgentes no sólo maltrataron a prominentes prisioneras, sino también acosaron a las mujeres de la élite en sus propios hogares, y en el colegio de pensionado para señoritas más exclusivo del país.35 Buscando huir de sus perseguidores, muchas esposas e hijas de los “aristócratas” locales intentaron esconderse. Algunas arriesgaron su vida arrastrándose sobre tejados resbalosos. Unas cuantas encontraron refugio en sus casas de campo, sólo para ser agredidas de nuevo por bandas revolucionarias que merodeaban en los alrededores de la ciudad. De acuerdo a posteriores declaraciones de mujeres de la élite, su máximo temor era perder el honor en manos de los “perversos” revolucionarios.36 Puesto que la autoridad de los varones de la élite dependía de su capacidad de proteger el honor de sus mujeres, la naturaleza sexualizada de la violencia en Granada formaba parte integral de la “guerra social” librada por los rebeldes en contra de la “aristocracia de sangre”.37

La violencia revolucionaria en Granada recrudeció a inicios de septiembre, cuando desembarcaron las fuerzas invasoras norteamericanas. En particular, la invasión desencadenó un mayor número de ataques contra un nuevo blanco: los comerciantes extranjeros. A diferencia de la embestida contra los “aristócratas” granadinos, los principales implicados en las agresiones dirigidas a sembrar el terror entre los comerciantes extranjeros no eran los nuevos ricos, sino los artesanos urbanos más pobres.38 Al inicio, los revolucionarios populares se limitaron a saquear las propiedades de los comerciantes norteamericanos, y a lanzarles insultos tales como “chanchos yanquis”. Pero muy pronto también empezaron a desvalijar tiendas pertenecientes a comerciantes europeos. Los rebeldes incluso destrozaron las residencias de algunos extranjeros en Granada, pese a que éstos habían desplegado las banderas de sus países natales con la esperanza de asegurar su inmunidad. Por ejemplo, el comerciante italiano Antonio Cassinelli declaró que, el once de septiembre, miembros de un pelotón de insurgentes irrumpieron en su hogar, y “procedieron violentamente cometiendo toda clase de abusos”. No sólo lo golpearon, sino también estuvieron a punto de asesinar a su esposa. Cassinelli denunció este “acto de barbarie” ante la dirigencia revolucionaria de Granada, pero dos días después varios soldados a caballo regresaron a la medianoche, arrancaron la bandera italiana y descargaron sus fusiles contra su vivienda.39

Los agresiones de los rebeldes a los comerciantes extranjeros eran reflejo de la ira popular contra este grupo social, pues se les acusaba de acaparar y sobrevalorar productos alimenticios. La indignación se extendió en vísperas del estallido de la guerra civil de 1912, cuando gran parte de la población del país sufría por la escasez de comida. La hambruna se agudizó en el transcurso del conflicto bélico, pues los insurgentes granadinos saquearon tiendas y puestos en el mercado para almacenar provisiones. La carne también escaseó, ya que los revolucionarios se apropiaron de una gran cantidad de reses de las haciendas cercanas. Además, los agricultores ya no se atrevían a llevar sus productos al mercado de la ciudad, porque las bandas rebeldes que merodeaban en las áreas rurales solían asaltarlos con mucha frecuencia. La aguda falta de alimentos atizó la furia popular en contra de los mercaderes extranjeros, sobre todo aquellos que, según palabras de un comerciante británico, “no perdían la oportunidad de suplir comida a la gente hambrienta, pero sólo a cambio de dinero”.40

Las agresiones a comerciantes extranjeros también sugieren que la violencia empezaba a escaparse de las manos de los dirigentes que pertenecían a la élite revolucionaria granadina. El testimonio del prominente “aristócrata” Salvador Chamorro (padre del general Emiliano Chamorro) destaca ese giro en la coyuntura, asegurando que hacia fines de la guerra los artesanos locales habían tomado el control del “régimen de terror” en Granada.41 Chamorro identificó a cuatro artesanos como los principales líderes de estos ataques: los carpinteros José María Pérez y Manuel Balmaceda, así como los barberos Francisco Marenco y Francisco Obando, quien también era el presidente del club de baile El Edén, integrado sobre todo por miembros de este sector social. Sin duda, los artesanos revolucionarios llevaron a cabo muchas acciones violentas en contra de la voluntad de los dirigentes del Ejército Aliado.

En vista de sus estrechas relaciones con los mercaderes europeos, tanto los oligarcas como los nuevos ricos que conformaban la dirigencia revolucionaria de Granada, sin duda habrían desaprobado las agresiones contra los extranjeros, perpetradas por sus partidarios artesanos. Asimismo, es difícil creer que éstos consintieran el saqueo de las tiendas, haciendas y hogares de otros oligarcas que simpatizaban con su movimiento.42 Por ejemplo, el 23 de septiembre estalló un tumulto, tristemente célebre, cuando bandas lideradas por artesanos sembraron el terror en el principal vecindario de la élite citadina.43 La progresiva impotencia de los dirigentes revolucionarios de Granada para proteger a sus propios amigos explica, en buena medida, por qué entregaron la ciudad a los invasores norteamericanos sin presentar batalla.

El 24 de septiembre, cuando las tropas norteamericanas entraron a Granada por primera vez, su comandante el mayor Smedley Butler observó que el rencor entre los “menistas” y sus contrincantes era “tan enconado que resultaba casi incomprensible para una persona civilizada”. Dada la magnitud del “régimen de terror”, Butler expresó: “con certeza vendrán represalias de una naturaleza probablemente bárbara”.44 Aunque la violencia revolucionaria obviamente también afectó a los sectores populares de Granada, los hombres y mujeres de la rancia oligarquía citadina tenían motivos de mucho mayor peso para estar enfurecidos.

¿Cómo explicar esta traumática agresión sufrida por el sector más poderoso de la élite nicaragüense? Sin duda, uno de los objetivos de los dirigentes revolucionarios era extorsionar a las familias más ricas del país. Repetidas veces justificaron el uso de la violencia como un medio necesario para recuperar los bienes del estado que el gobierno de Díaz había repartido entre sus allegados, a modo de indemnización por la supuesta pérdida de sus fortunas bajo la dictadura de Zelaya. Cuando la noticia sobre los cuantiosos pagos (uno de los cuales ascendía a trescientos mil dólares de EE.UU.) se filtró a la prensa a inicios de 1912, el público nicaragüense reaccionó indignado. Aprovechando el descontento general, los dirigentes revolucionarios prometieron recuperar las sumas que habían sido entregadas “ilegalmente”. Al parecer, dicha promesa contribuyó de manera significativa para movilizar al pueblo a favor de la causa revolucionaria.45

Sin embargo, la violencia de 1912 también tuvo objetivos políticos más amplios. En efecto, con frecuencia se ejerce la violencia política de una manera acorde a la historia particular de cada sociedad.46 Puesto que en las décadas recientes Granada había sufrido profundos cambios estructurales debido al boom agroexportador, ¿sería mera coincidencia que las torturas practicadas en 1912 - azotes, cepo y encierro bajo condiciones degradantes - evocaran las formas de castigar a los peones en muchas haciendas de la región?47 Además, ¿por qué los insurgentes obligaban a algunos de sus prisioneros - quizá vástagos de familias de la élite - a realizar “trabajos forzosos” como si fueran peones de hacienda? Las agresiones a la élite granadina podrían interpretarse como un intento de los combatientes populares revolucionarios de invertir la “cultura de violencia” predominante en las áreas rurales de Granada.48

Al margen del carácter de sus raíces estructurales, la violencia desatada contra la élite en 1912 también estaba condicionada por procesos políticos recientes. En primer lugar, representaba una lucha revolucionaria de las élites de nuevo cuño en contra de la restauración oligárquica de 1910, fraguada por los Estados Unidos. El empeño en restablecer el antiguo régimen provocó una guerra verbal entre las facciones de la élite local, que marcó el estilo del ejercicio de la violencia en 1912. En menor grado, ésta también obedeció a la lucha de otros sectores sociales contra las consecuencias de la restauración de la oligarquía conservadora al poder en 1910. Por ejemplo, el acoso a las mujeres de la élite perpetrado por artesanos revolucionarios podría interpretarse en el contexto de la enardecida pugna en torno al artículo religioso que enfrentó a ambos grupos en 1911.

Tal como observamos en el capítulo tercero, muchos artesanos temían que las fuerzas proclericales - apoyadas con beligerancia por las mujeres de la élite - se valieran de este controversia! articulo para restringir la influencia política que recién habían conquistado. Finalmente, la violencia de 1912 reflejó la intensidad del sentimiento nacionalista entre los combatientes populares de las filas revolucionarias granadinas. El desembarco del ejército invasor norteamericano, a inicios de septiembre, exacerbó el fervor patriótico. Sin embargo, tal como argumentaré en la próxima sección, la invasión por sí misma no atizó la violencia revolucionaria. Los revolucionarios del pueblo arreciaron su régimen de terror tan sólo después de que sus dirigentes faltaran a su promesa de combatir a los invasores “Yanques”.

Entre la Negociación y la Resistencia: El Encuentro con los Invasores Norteamericanos

Al inicio, para alivio de los revolucionarios, el ejército norteamericano se abstuvo de intervenir en la guerra civil de 1912, debido a disputas entre altas autoridades en Washington. Los funcionarios del Departamento de Estado asumieron de inmediato una posición más agresiva que sus colegas del ejército. En parte, temían que los revolucionarios estuvieran recibiendo apoyo de Alemania, la potencia que a su juicio representaba la mayor amenaza a la hegemonía de EE.UU. en el Caribe.49 Sin embargo, su principal motivo de desvelo era la posibilidad de que el triunfo del movimiento revolucionario nicaragüense alentara a otras naciones caribeñas a luchar contra el empeño de EE.UU. en convertir este espacio en un “lago americano”.30 En contraste, en opinión de los oficiales del Departamento de Guerra, la revolución nicaragüense no representaba una amenaza a la seguridad de los Estados Unidos tan importante como para ameritar una intervención armada de mayor envergadura. Desde su perspectiva, el Departamento de Estado insistía en invadir Nicaragua tan sólo para proteger los intereses económicos de empresarios norteamericanos en ese país.51 Dicha opinión era compartida por muchos oficiales norteamericanos, quienes expresaban profunda indignación porque sus “elevados códigos de honor [estaban] siendo prostituidos con fines comerciales” - tal como observó un historiador.52

Pese a la considerable oposición de los oficiales del ejército de EE.UU., el presidente Howard Taft eventualmente autorizó una invasión a gran escala en Nicaragua. Entre el 28 de agosto y el 4 de septiembre, dos mil trescientos marinos desembarcaron en Corinto, bajo el mando del almirante William Southerland. Éste era el mayor destacamento militar que a la fecha había puesto pie en América Central. Los invasores proclamaron que sus objetivos consistían en: “observar estricta neutralidad entre el gobierno y las fuerzas revolucionarias, impedir combates en las cercanías del ferrocarril, [e] impedir el bombardeo a pueblos no fortificados, así como cualquier otra acción contraria a la manera civilizada de hacer la guerra”.53 En realidad, el ejército invasor era todo menos un actor neutral, pues su meta primordial era aplastar la revolución contra la restauración oligárquica fraguada por los Estados Unidos.

Cuando los planes de la invasión norteamericana se concretaron, los líderes revolucionarios de Nicaragua enfrentaron un dilema: ¿debían arriesgarse a combatir al ejército de la nación que aún idealizaban como modelo político y económico? Su primera prueba de fuego tuvo lugar el 25 de agosto, cuando la dirigencia revolucionaria del norte, concentrada en León, resolvió ocupar Corinto, pues suponían que este puerto serviría de base para el lanzamiento de la invasión.54 Los rebeldes pudieron haber arrebatado el control del puerto a los veinte marinos norteamericanos acampados allí sin problema alguno. No obstante, optaron por respetar la demanda de EE.UU. de que ningún soldado nicaragüense, de cualquier bando político, entrara a Corinto. Esta decisión fue un presagio de la política conciliatoria que la mayoría de los líderes revolucionarios adoptaría de cara a los invasores norteamericanos. Pero, aunque la invasión motivó a estos dirigentes a moderar su retórica contra EE.UU., provocó una reacción contraria entre muchos de sus partidarios de origen popular.

Desde el comienzo, la dirigencia revolucionaria desplegó grandes esfuerzos por aplacar la animosidad contra EE.UU. que ellos mismos habían atizado previamente. Sus problemas empezaron el 21 de agosto, fecha en que el presidente Taft ordenó lanzar la invasión, y una multitud enardecida emboscó a cincuenta marinos en León. Estos soldados norteamericanos habían sido apostados en Managua desde el estallido de la guerra civil, bajo las órdenes del comandante Warren Terhune. Cuando se emitió la orden de invadir el país, partieron en el ferrocarril hacia Corinto, con el fin de asegurar el control de este puerto para el desembarco de las fuerzas interventoras. En vista de que sus tropas necesitaban pasar por León, Terhune solicitó un salvoconducto a los líderes revolucionarios locales, quienes accedieron con prontitud. Sin embargo, apenas entraron a la ciudad, fueron atacados por centenares de revolucionarios, incluyendo mujeres armadas de machetes.55 Los combatientes populares arrancaron la bandera de los Estados Unidos que adornaba la locomotora, un icono de la nacionalidad nicaragüense. En privado, los líderes revolucionarios advirtieron a Terhune que, si decidía continuar rumbo a Corinto, serían incapaces de “controlar a las turbas e impedir que atacaran” a sus hombres.56 Escuchando sus advertencias, la atemorizada tropa de Terhune decidió abandonar el tren en León, y bajo una lluvia torrencial emprendió una marcha de ochenta y nueve kilómetros de regreso a Managua.

En público, los líderes revolucionarios de León asumieron con gusto el mérito por la humillante retirada de Terhune. Entrevistados por periodistas extranjeros, aseguraron: “[nunca] permitiremos que tropas americanas viajen por el ferrocarril y menos con banderas de aquella nación en las locomotoras y carros nacionales”.57 En realidad, los líderes leoneses habían estado anuentes a que Terhune y sus hombres continuaran hacia Corinto en el tren, enarbolando la bandera de los Estados Unidos. Más bien fueron los combatientes populares revolucionarios quienes amedrentaron a la tropa norteamericana, obligándolos a mostrarse sumisos. Aún antes del desembarco de la masiva fuerza invasora de EE.UU., la posición conciliadora adoptada por muchos dirigentes revolucionarios empezaba a chocar con la actitud más beligerante del pueblo.

El arribo de las tropas invasoras profundizó las divisiones entre los líderes insurgentes del norte y sus combatientes populares. La tensión aumentó cuando los soldados de EE.UU. intentaron pasar de nuevo por el bastión revolucionario de León. Esta vez le correspondió al almirante Southerland solicitar un salvoconducto para sus tropas, pero además exigió a los revolucionarios que le entregaran el control de la vía férrea entre Corinto, León y Managua. Esa demanda representaba una grave amenaza militar y política para los insurgentes. Por una parte, necesitaban las locomotoras y vagones para transportar armas y tropas. Pero, ante todo, la toma del ferrocarril simbolizaba el esfuerzo de los rebeldes por recuperar la nacionalidad nicaragüense de manos de los banqueros norteamericanos tan vilipendiados. Por tanto, no es de extrañar que los líderes revolucionarios del norte inicial-mente rechazaran las demandas de Southerland. Le hicieron saber que, si bien ellos todavía respetaban a los Estados Unidos como su modelo de nación (“escuela práctica”), nunca los aceptarían como colonizadores.58 Sin embargo, el día siguiente la dirigencia revolucionaria del norte accedió súbitamente a todas las demandas de Southerland. Quizá la razón de este abrupto cambio haya sido que los líderes se convencieron de la futilidad de resistir con las armas a esta fuerza invasora, la más poderosa jamás vista en Nicaragua, tal como opinó uno de los participantes.59

Empero, la repentina sumisión de la dirigencia ante las demandas de Southerland también obedecía al temor que les infundía la creciente radicalización de las fuerzas populares. No por casualidad, el cambio de actitud de los líderes se produjo a raíz de un ataque perpetrado por combatientes populares al tren en el que viajaban miembros de una misión de paz centroamericana.60 Puesto que los líderes revolucionarios y los miembros de la misión compartían una posición política muy semejante, el objetivo del asalto era advertirles que no debían negociar con los invasores norteamericanos, sino enfrentarlos en el campo de batalla.61 Alarmados por la erosión de su autoridad, los dirigentes revolucionarios de León se inclinaron ante las demandas de Southerland, momentos después de la agresión contra la misión de paz.

                                                  General Benjamin Zeledón

Al parecer, los líderes revolucionarios inicialmente obtuvieron beneficios de su posición conciliadora, pues la política de “estricta neutralidad” de Southerland les permitió afianzar su poder. El Departamento de Estado reaccionó con indignación, pues exigía aplastar de inmediato esta rebelión que, poco antes, había calificado de “la más injustificable en los anales de América Central”.62 Para su consternación, Southerland entabló negociaciones con los líderes revolucionarios del norte, muchos de los cuales estaban dispuestos a entregar sus armas, a cambio de que se les tomara en cuenta en el futuro gobierno.63 Además, el almirante desairó al ministro norteamericano Weitzel, negándose a capturar a los líderes revolucionarios de la región meridional, Luis Mena y Benjamín Zeledón. Asimismo, prohibió a las fuerzas del gobierno de Díaz hacer uso del ferrocarril, contrariando aún más a los diplomáticos norteamericanos.

La política de “estricta neutralidad” de Southerland exasperó al presidente Díaz, al extremo que el 23 de septiembre amenazó con dimitir. En una carta dirigida al funcionario de un banco norteamericano, Díaz deploraba que la fuerza invasora norteamericana había “contribuido mucho a prestar asistencia a la causa de los rebeldes y en nada a ayudar [a su] Gobierno”.64 La protesta de Díaz no era infundada ya que, aún después del desembarco de las tropas de Southerland, los revolucionarios lograron extender su control en el norte de Nicaragua y, al mismo tiempo, mantener sus posiciones en el sur.65

Sin embargo, tan sólo un día después de que Díaz amenazara renunciar, el general Luis Mena, máximo jefe del Ejército Aliado, de repente se rindió ante los 350 marines comandados por el mayor Butler. Esas tropas norteamericanas habían salido de Managua el 15 de septiembre, con el objetivo de tomar el control de la línea férrea entre Managua y Granada. Aunque al momento de su rendición Mena guardaba cama afectado de reumatismo, todavía era reconocido como el jefe del poderoso ejército revolucionario. Sólo en Granada, tenía al menos quinientos soldados bien apertrechados y motivados bajo sus órdenes. Además, tres días después de que las tropas de Butler se apostaran en las afueras de Granada, unos quinientos revolucionarios leoneses se unieron a las fuerzas de Mena. Los refuerzos pasaron cerca de las tropas de Butler, al alcance de sus balas, y entraron a la ciudad con gran fanfarria gritando “¡Muerte a los americanos!”66 Tal como después reconocería Mena, la mayoría de las fuerzas revolucionarias en Granada “querían seguir peleando, aunque también tuvieran que enfrentar a los marinos”.67 Pero el general mostró menos entusiasmo; el 24 de septiembre aceptó las exigencias de Butler y capituló sin condiciones. Dos días más tarde, Mena fue conducido a bordo de un barco norteamericano con rumbo a Panamá, después de prometer que no regresaría jamás a Nicaragua.68

La inesperada rendición de Mena se produjo a raíz de un brusco cambio de actitud de Southerland con respecto a la dirigencia revolucionaria del sur. Al comienzo, el almirante deseaba que la fuerza de Butler se limitara a tomar el control de la línea férrea entre Managua, Masaya y Granada. Pero cuando ya se encontraba en Granada, Butler recibió la orden de obtener la capitulación de Mena. A juicio de varios historiadores norteamericanos, Southerland endureció su posición hacia Mena debido a que el Departamento de Estado finalmente logró imponer su inflexible demanda de aplastar la revolución.69 En realidad, este giro fue decisión del propio almirante, en reacción a la imprevista resistencia que enfrentó de parte de los revolucionarios “menistas” en Masaya.

El origen de la crisis tuvo lugar el 17 de septiembre, cuando un grupo de rebeldes colocó obstáculos en la vía férrea para impedir el ingreso de las fuerzas de Butler a Masaya. Los revolucionarios se negaron a entablar negociaciones, y las tropas norteamericanas no pudieron avanzar hacia Granada.

Southerland se trasladó a Masaya dispuesto a romper el impasse, creyendo que su presencia contribuiría a resolver el problema con prontitud. Ya había tenido éxito lidiando con una situación similar en León. Sin embargo, para su consternación, la dirigencia revolucionaria de Masaya encabezada por Federico Lacayo, representante de Mena, se negó a obedecerle. Ajuicio de los testigos locales, la intransigencia de Lacayo no era de extrañar, pues este oligarca conservador era reconocido por su tenaz oposición a las aspiraciones imperiales norteamericanas.70

De acuerdo a un observador de EE.UU., Southerland interpretó la actitud de Lacayo como una “afrenta a los Estados Unidos”, y luego habló con desprecio sobre Mena y su subalterno, calificándolos de “piratas terrestres”. Viendo que Lacayo no estaba dispuesto a ceder ni un ápice, el almirante regresó a Managua, después de advertir a los insurgentes que Butler “pasaría aunque se viera obligado a emplear la fuerza armada”.71 (Véase imagen 9) Al cabo de dos días, los revolucionarios aparentemente cedieron, y autorizaron el avance del tren con las tropas de Butler hacia Granada. Sin embargo, justo cuando pasaban por la estación de Masaya, un grupo de rebeldes les disparó, hiriendo a cuatro soldados norteamericanos. Cuando recibió el informe del ataque, Southerland enfureció, abandonó su posición “neutral”, e inmediatamente ordenó a Butler derrotar a Mena. El almirante jamás esperó que el general revolucionario capitulara sin presentar batalla.

Mena estaba afectado por el reumatismo y seguro de que perdería la vida si no claudicaba. Creía haber quedado sólo con sus tropas en Granada para enfrentar a los invasores, pues su principal aliado, el general Zeledón, había permitido el avance de las tropas de Butler por Masaya.72 En realidad, la intención de Zeledón era entrampar a los soldados norteamericanos, y coordinar las fuerzas revolucionarias en Masaya y Granada para lanzar un ataque conjunto. Sin embargo, Mena nunca se enteró del plan secreto de Zeledón, pues el mensaje que éste le envió fue interceptado por partidarios del gobierno de Díaz.73 Además, es probable que Mena desconociera cuántos soldados tenía Butler bajo su mando. Debido a la enfermedad del general, los líderes civiles del movimiento revolucionario en Granada conducían las negociaciones con los invasores norteamericanos acampados a orillas de la ciudad. Preocupado por la desventaja numérica de sus tropas, Butler urdió intrincados planes para convencer a los negociadores civiles granadinos que contaba con miles de soldados.74 Careciendo de una ruta de escape viable, Mena estaba consciente de que, si no capitulaba, debía arriesgarse a entrar en combate con las tropas de Butler. Tan sólo podemos especular cuánto pesó el cálculo desmesurado sobre el número de soldados norteamericanos en la rendición de Mena.

Al mismo tiempo, la decisión de Mena de entregar las armas a Butler obedecía a la reciente radicalización de la violencia contra la élite, perpetrada por los combatientes populares de Granada. Tal como hemos visto, la dirigencia revolucionaria de la ciudad empezó a perder autoridad a inicios de septiembre, cuando desembarcaron las tropas norteamericanas. En particular, las bandas lideradas por artesanos desafiaban a sus dirigentes, llevando a cabo acciones para aterrorizar a los comerciantes extranjeros. Posteriormente, ante el avance de las tropas de Butler, empezaron a agredir a los oligarcas revolucionarios y a sus familias. Por tanto, no es de extrañar que la radicalización de la violencia causara gran preocupación entre los dirigentes granadinos, sobre todo a los vástagos de la élite conservadora. Aunque éstos ejercían poca influencia sobre las tropas rebeldes de la ciudad, tenían mucho peso en la delegación civil que se reunió con Butler. Considerando su apremiante deseo de poner fin al creciente “régimen de terror” en Granada, es probable que aprovecharan la llegada de Butler para asegurar la rendición incondicional de sus propios combatientes. Por ello, un corresponsal extranjero muy bien informado sobre la situación en Nicaragua, sostuvo que la capitulación de Mena era obra de “conservadores de prestigio.”75

Al margen de la racionalidad de sus motivos, la rendición de Mena tomó por sorpresa a sus hombres. El funcionario norteamericano que condujo al general al exilio observó que los “rebeldes a todo lo largo de la ruta desde Granada a Corinto no parecían creer que hubiese capitulado”.76 Su decisión también alarmó a Zeledón, su compañero de armas. Tan sólo el día anterior, este general liberal había escrito una carta afirmando tener muy pocas dudas de que Mena combatiría a los invasores norteamericanos.77 Su rendición desmentía su célebre frase: “No seré yo como Zelaya; a mí no me corren los americanos con una simple nota”. Tanto escándalo causó la claudicación del principal líder antiimperialista de Nicaragua que dio origen al dicho popular “¡Ésta!, dijo Mena”, empleado para referirse a una persona jactanciosa - hombre o mujer - que rompe una promesa. La persistencia de este refrán hasta el presente refleja la profunda decepción que sufrieron los nicaragüenses por la decisión de Mena de entregarse pacíficamente a los invasores norteamericanos.

La capitulación de Mena ha tenido un impacto perdurable en la memoria popular porque ofrece un vivido contraste con el destino de su aliado Benjamín Zeledón, quien murió en la única batalla de envergadura librada por los revolucionarios de 1912 contra los invasores norteamericanos. Hoy día, Mena y Zeledón son representados como polos opuestos; el primero encarna la cobardía y el segundo el martirio heroico.78 De hecho, estos compañeros de armas y jefes del Ejército Aliado eran muy parecidos. Al igual que Mena, Zeledón provenía de una familia de extracción popular (su padre era carpintero), originaria de una aldea provincial (Estelí).79 Además, este general de treinta y tres años de edad también había ocupado el cargo de ministro de guerra, sostenía una posición liberal y anticlerical, y valoraba a los Estados Unidos como un modelo político y económico.80 Asimismo, Zeledón había logrado emparentarse por la vía del matrimonio con una rica familia de la élite; su suegro, el prominente conservador Jerónimo Ramírez, era un acaudalado cafetalero de Carazo. No obstante, representaban distintos prototipos entre la élite de nuevo cuño que dirigió el movimiento revolucionario nicaragüense. A diferencia de Mena, Zeledón no hizo fortuna en el sector agroexportador; estudió leyes y logró su posición social ascendiendo en la escala de la creciente burocracia estatal. Por tanto, mientras Mena encarnaba al empresario burgués, Zeledón era el arquetipo del burgués profesional.

A raíz de la capitulación de las tropas de Mena en Granada, Zeledón y sus hombres se convirtieron en el blanco principal de las fuerzas invasoras de los Estados Unidos. Los militares norteamericanos deseaban castigar a Zeledón por el ataque al tren donde viajaba Butler y, además, apoderarse de la línea férrea que atravesaba Masaya, el único trecho que aún escapaba a su control. Al cabo de una semana, mil soldados norteamericanos, reforzados por cuatro mil reclutas del ejército gubernamental, lograron cercar a Zeledón y a los ochocientos hombres bajo su mando. Creyendo que el general liberal seguiría el ejemplo de Mena, y bajaría “arrastrándose” de sus trincheras, el comandante de campo

norteamericano coronel Joseph Pendleton ofreció al jefe rebelde veinte y cuatro horas para presentar su capitulación incondicional.81 Aunque su situación era precaria debido a la escasez de agua, alimentos y municiones, además de su gran desventaja numérica, Zeledón y sus hombres se mantuvieron firmes. Al rechazar el ultimátum de Pendleton, Zeledón reiteró los argumentos nacionalistas antes expuestos por Luis Mena y los líderes revolucionarios en León. Y, tal como ellos, evocó la autoproclamada misión de los Estados Unidos de difundir los ideales de libertad.82 Sin embargo, únicamente Zeledón cumplió su promesa de defender la soberanía de Nicaragua “hasta el último cartucho”.83

La póstuma fama nacionalista de Zeledón está muy relacionada con la naturaleza de su muerte. El mismo día en que Pendleton lanzó su ultimátum, Zeledón recibió la visita de su suegro, Jerónimo Ramírez. El encuentro fue arreglado por el presidente Díaz, quien ansiaba evitar la primera batalla de envergadura entre tropas nicaragüenses y norteamericanas desde la Guerra Nacional contra Walker. Cuando Ramírez rogó a Zeledón que no le dejara una hija viuda y cuatro nietos huérfanos de padre, él respondió: “Si mis hijos van a sufrir pobreza, que la sufran desde este momento; pero no quiero heredarles comodidad con cobardía”.84 Aunque consciente de que, dadas las circunstancias, no cabía esperanza alguna de triunfar, Zeledón reiteró su voluntad de morir en aras de la defensa de la “dignidad y soberanía” de Nicaragua.85 Sin duda, aún estaba impresionado por la rendición de Mena. Pero, además, le dolía la actitud conciliadora de la dirigencia revolucionaria del norte. Al parecer, Zeledón anhelaba que su muerte en combate devolviera a los nicaragüenses la fe en la lucha por la autonomía nacional, que a su juicio había sido traicionada por la falta de decisión de los líderes nacionalistas de enfrentarse a los invasores “Yanquis”. Tal como recalcan los relatos de testigos oculares, el sacrificio de Zeledón tuvo un fuerte impacto en sus propios hombres y, a través de ellos, en la memoria popular.86

Las tropas norteamericanas y sus aliados nicaragüenses obtuvieron una pronta victoria en Masaya. Muchos revolucionarios cayeron en combate o fueron capturados, pero una pequeña fuerza encabezada por el general Zeledón logró escapar. Su fuga concluyó cuando el grupo fue emboscado por tropas gubernamentales a unos diez y seis kilómetros al sur de Masaya. El gobierno de Díaz afirmó que Zeledón recibió una herida mortal; no obstante, según informes norteamericanos éste fue “ejecutado” por sus captores.87 Los soldados del gobierno exhibieron el cadáver de Zeledón por los caseríos cercanos antes de enterrarlo en Catarina, una aldea situada unos tres kilómetros al sur de Masaya. De acuerdo a la memoria popular, el macabro desfile tenía como objetivo amedrentar a la población local, y prevenir que se sumara a cualquier otra futura rebelión contra el gobierno.88 No obstante, algunos consideran que inspiró un sentimiento contrario. Entre los testigos se encontraba Augusto Sandino, de diecisiete años de edad, quien vivía cerca de Catarina. Quince años después, cuando encabezó una lucha guerrillera en contra del ejército norteamericano, Sandino recordó que ese episodio había despertado su conciencia nacional; al combatir a los invasores de EE.UU., dijo Sandino, él alzaba la piedra antes empuñada por Zeledón, a fin de prender “la luz de la libertad en nuestros pueblos”.89

Después de su triunfo sobre el ejército de Zeledón, los soldados norteamericanos se dispusieron a enfrentar a las demás fuerzas revolucionarias concentradas en León y Chinandega. Aún antes del combate en Masaya, los dirigentes del norte habían empezado a negociar secretamente la rendición de sus tropas con funcionarios norteamericanos.90 Sin duda, la capitulación de Mena los empujó a buscar un acuerdo. No obstante, tal como sucedió en Granada, el temor a sus partidarios más radicales incidió en la actitud de los líderes revolucionarios del norte. Su posición conciliadora chocaba con la voluntad de los revolucionarios populares de luchar contra los invasores norteamericanos. Además, estos dirigentes y sus familias también se habían convertido en blanco de la violencia contra la élite perpetrada por los combatientes populares. En consecuencia, en vísperas de la batalla de Zeledón en Masaya, un residente sueco informó que los dirigentes revolucionarios de León ya “no eran capaces de impedir el derramamiento de sangre y la destrucción” desatada por el pueblo enardecido, y ahora “temían por sus propias vidas”.91 El siguiente día, los combatientes populares desafiaron a su dirigencia atacando a un reducido grupo de soldados norteamericanos acampados en Chichigalpa, una aldea próxima a Chinandega, notoria por su producción azucarera. A los gritos de “¡Muerte a los Americanos!”, los revolucionarios hirieron a cinco marinos, pero perdieron a trece de sus hombres. Aunque en las fuentes de EE.UU. se afirma que éstos murieron durante el combate, la memoria local sostiene que fueron ejecutados por los marinos en las gradas de la iglesia local, mucho antes de que éste terminara.92

Perturbados por el incidente ocurrido en Chichigalpa, los funcionarios norteamericanos abandonaron sus esfuerzos mediadores y pasaron a la ofensiva. El comandante regional del ejército de EE.UU. admitió que la lógica de la orden de atacar León y Chinandega “no estaba clara desde un punto de vista militar”. No obstante, argumentó que dichas acciones eran necesarias “debido a la condición de anarquía existente.93

La acelerada erosión de la autoridad de la élite complicaba los esfuerzos del ejército de EE.UU. por apoderarse de los bastiones de los revolucionarios del norte. El 5 de octubre, un día después de su victoria en Masaya, quinientos soldados norteamericanos se sumaron a sus setecientos cincuenta compañeros ya acampados en las afueras de León. A fin de garantizar una rendición pacífica, los líderes revolucionarios locales acompañaron a las tropas de EE.UU. cuando éstas entraron en la ciudad el siguiente día.94 Su presencia no disuadió a unos doscientos combatientes populares, que dispararon contra los invasores norteamericanos, matando a tres de ellos. Una lluvia de balas semejante recibió a las tropas de EE.UU. en Chinandega, aunque los líderes revolucionarios locales también habían mostrado “un fuerte deseo de apoyar” la toma de la ciudad por las fuerzas norteamericanas.95

Tal como después reconocería el prominente oligarca revolucionario Leonardo Argüello, el ataque de los leoneses a las tropas de EE.UU. reflejaba la ira popular ante la decisión de la dirigencia de capitular pacíficamente.96 Cuando se difundió la noticia de que las fuerzas norteamericanas entrarían a la ciudad sin ningún impedimento, una muchedumbre enardecida se agolpó frente a la casa de Argüello, e intentó darle muerte junto a otros dirigentes revolucionarios de la élite que se hallaban reunidos allí. La situación empeoró cuando de pronto corrió el rumor de que éstos habían sido sobornados para entregar la ciudad. La explosiva acusación atizó la ira popular en contra de los dirigentes revolucionarios de León, y llevó la situación al borde del estallido. Sin embargo, los combatientes populares no pudieron evitar que las tropas de EE.UU. tomaran el control de León y Chinandega. Al cabo de una semana, todos los demás bolsones revolucionarios habían caído, y una tensa paz imperó nuevamente en Nicaragua.

Una vez asegurada la victoria militar, las tropas norteamericanas desarrollaron una breve campaña política para conquistar los corazones y las mentes de la población local. Reconociendo hábilmente el predominio de un intenso rencor contra los Estados Unidos, el almirante Southerland envió tropas de caballería a incursionar en distintas regiones de Nicaragua con el propósito de “sacar del error ... a los habitantes que anteriormente se habían formado ideas equivocadas sobre los americanos”.97 Dicha iniciativa concluyó a mediados de noviembre de 1912, cuando EE.UU. retiró sus fuerzas de ocupación de Nicaragua.

Obviamente, la campaña diplomática de Southerland fue demasiado breve como para dar frutos. Pero además fue socavada por las ceremonias públicas y banquetes organizados por la oligarquía conservadora gobernante para honrar a los victoriosos invasores norteamericanos. Dichos eventos celebraban de manera conspicua el sometimiento de Nicaragua a los Estados Unidos.98 Además, provocaban gran escándalo debido a la situación de escasez de alimentos que todavía acosaba a la mayoría de la población. El repudio del pueblo a dichos festejos fue captado por un poeta de las filas de Zeledón, quien escribió: “Ladinos mercenarios se rellenan la panza / en los banquetes dados a necia burguesía / mientras que la miseria sin hacer ruido avanza”.99 Tal como revelan estos versos, al final de la guerra la “burguesía” se hallaba muy deslegitimada.

Conclusión

A pesar de su relativa brevedad, la guerra civil de 1912 se caracterizó por una excepcional violencia. Las acciones bélicas se desarrollaron sólo en la región del Pacífico, pero cobraron entre dos mil y cinco mil vidas pues allí se concentraba la mayor densidad poblacional del país.100 Además, la guerra ocasionó gran destrucción en las ciudades y propiedades rurales. Las pérdidas materiales y humanas sufridas por Nicaragua en 1912 fueron las más graves desde la Guerra Nacional contra Walker, y no serían superadas hasta el estallido de la insurrección sandinista de 1978-9. Asimismo, las élites gobernantes fueron sometidas a diversas formas de humillación pública y agresiones, quizá las más traumáticas sufridas en la historia moderna del país. Para mayor escándalo, sus torturadores eran personas con quienes compartían antiguos vínculos políticos y, en algunos casos, también lazos familiares. A fin de poder convivir con este trauma, las víctimas de la élite primero procuraron representar a los principales autores de la violencia como “bárbaros”, y “otros” en términos de raza, clase o región. Con el tiempo, simplemente silenciaron su doloroso pasado, evitando narrarles a sus descendientes lo sucedido.101 En consecuencia, esta “guerra social o comunista” ha sido eficazmente borrada de la memoria de la élite y de la historiografía nicaragüense.102

Pese a este olvido intencional, la violencia revolucionaria de 1912 tuvo graves consecuencias políticas en Nicaragua. Debilitó la autoridad de las élites locales a un nivel crítico, cuando las empujó a recibir la impopular invasión norteamericana

con los brazos abiertos. Tal como ocurrió en 1855, un sector particular de la élite solicitó la intervención militar de 1912. Sin embargo, mientras la clase alta se unió para derrotar al ejército filibustero de Walker a mediados del siglo diecinueve, en 1912 la mayoría de los líderes revolucionarios capituló ante los invasores norteamericanos sin disparar un cartucho. Hasta cierto punto, escogieron este camino convencidos de la futilidad de atacar a las tropas de los Estados Unidos. Empero, quizá lo más significativo sea que su rendición obedeció al temor a su propia base social.

Tan sólo los líderes revolucionarios acampados en Masaya combatieron a los invasores norteamericanos. Esto puede explicarse, en buena medida, por el hecho de que ellos no temían a su base social. Mientras que los dirigentes de las fuerzas insurgentes en Granada y León eran nativos de dichas ciudades, los de Masaya eran foráneos que llegaron cuando estalló la guerra. Y, puesto que las relaciones sociales en Granada y León - los bastiones de la élite - se hallaban más polarizadas que en Masaya, los primeros sufrieron un mayor grado de violencia popular. Por tanto, los dirigentes granadinos y leoneses tenían más motivos que sus compañeros de armas en Masaya para temer la creciente radicalización de los combatientes populares. Cuando la violencia escapó a su control, buscaron protección echándose en los brazos de los invasores norteamericanos. Esta opción les permitió sobrevivir la guerra, pero su suerte tuvo un costo: la erosión de su influencia política y moral sobre sus conciudadanos.

En contraste, la guerra de 1912 incrementó el poder de los Estados Unidos en Nicaragua de manera significativa, pues demostró que las amenazas de Washington no eran simple retórica. El impacto de la invasión en la mentalidad popular fue tan profundo que, durante mucho tiempo, las madres nicaragüenses evocaban la captura de Luis Mena por los militares norteamericanos para asustar a sus niños, advirtiéndoles: “¡Chitón! Ahí viene el mayor Butler a llevarte”.103 Los Estados Unidos también se beneficiaron de la profunda deslegitimación de los líderes del movimiento nacionalista antinorteamericano en Nicaragua.

El persistente eco de la frase “¡Ésta!, dijo Mena” sugiere que la memoria popular sobre la guerra de 1912 se forjó sobre todo en torno a la incapacidad de este general - el líder nacionalista nicaragüense más admirado de la época - de respaldar su retórica contra EE.UU. con la acción. El hondo significado de la capitulación de Mena radica, precisamente, en que la mayoría de los líderes revolucionarios de 1912 siguieron su camino, y no el ejemplo del sacrificio de Zeledón. Con la desarticulación del movimiento nacionalista nicaragüense, las condiciones del país parecían propicias para que EE.UU. pusiera en práctica una forma relativamente nueva de dominación imperial: la Diplomacia del Dólar.

Notas

01 Borge, Patient Impatience, 62.

02 Siiva, Jacinta, 165.

03 USNA, RG 59, 817.00/2330, discurso pronunciado por Diego Manuel Chamorro, enero 15, 1914.

04 USNA, RG 59, 817.00/2166, Weitzel a Knox, julio 31, 1912.

Ej., USNA, RG 59, 817.00/2168, anexo N° 1. Ej., los testimonios del veterano de la guerra Adolfo Calvo Díaz, en Barricada, octubre 4, 1980, y Ventana, junio 27, 1981.

05 Anotaciones de Benjamín Zeledón en su “Libro de guerra”, correspondientes al primero de agosto, reproducidas en Gutiérrez, Partes de guerra.

06 USNA, RG, 817.00/2179, anexo N° 4, Mena a Weitzel, agosto 17, 1912.

07 USNA, RG, 59, 817.00/2167, anexo N° 2.

08 La Información, agosto 17, 1912.

09 Véase el testimonio de un exsoldado rebelde en Ventana, ju-nio 27, 1981.

10 La Información, agosto 3, 1912.

11 Anotación de Zeledón correspondiente al 10 de agosto de 1912, en Gutiérrez, Partes de guerra.

12 Ej., USNA, RG 59, 817.00/2201, anexo N° 1, Legación salva-doreña al Gobierno salvadoreño, agosto 5, 1912; y La Infor-mación, agosto 2, 1912.

13 USNA, RG 59, 817.00/1821, Secretario de Estado a Presiden-te, agosto 5, 1912.

14 USNA, RG 59, 817.00/1868, Weitzel a Knox, agosto 17, 1912.

15 La Información, septiembre 10, 1912.

16 USNA, RG 59, 817.00/2205, anexo N° 1, Diego Manuel Cha-morro al Ministro salvadoreño, diciembre 10, 1912, 7.

17 Ej, USNA, RG 59, 817.00/2131, Club de Granada a Souther- land, octubre 9, 1912; 817.00/2134; La Información, octubre 28, 1912; y Ham, “Revolution in Nicaragua”, 575.

18 Mi análisis sobre la violencia revolucionaria en Granada se basa en gran medida en testimonios presentados por sus víc-timas a la Comisión Mixta de Reclamaciones conservada en AMPG en los siguientes legajos: 1912, Demandas civiles; 1913, Notas municipales, 155 fols.; 1913, Asuntos civiles; y 1913, Documentos varios, 180 fols.

19 Ej, Joaquín, Guillermo, Carlos, y Mariano Argüello Vargas; José Miguel Gómez e hijos Joaquín y Pedro Gómez Rouhaud; Eduardo y Fulgencio Montiel; David y Francisco

20 Osorno Rojas; Ernesto Selva; Narciso Arellano; Enrique G. Gutiérrez; Salvador Jiménez; y Manuel Zavala Chamorro.

21 Véase, por ejemplo, el parentesco del oligarca revolucionario Manuel Zavala Chamorro con varios miembros antire-volucionarios de la familia Chamorro; y el hecho de que los oligarcas revolucionarios David y Francisco Osorno vivían contiguo a la casa de Mariano Zelaya Bolaños, una de las principales víctimas de la violencia contra la élite de 1912.

22 Véase Gobat, “Against the Bourgeois Spirit”, 109-11, para una lista de sus nombres.

23 USNA, 817.00/1925, Weitzel a Knox, agosto 31, 1912.

24 Véase, por ejemplo, la membresía de los líderes rebeldes Samuel Talavera y Rafael Monterrey al consejo municipal de Nandaime en 1911 (AMPG, 1911, leg. 25 Notas varias, 197 fols., julio 18, 1911). Sobre el predominio de las familias  Talavera y Monterrey en el Club Conservador de Nandaime, véase El Centinela, noviembre 22, 1910.

26 Sobre el estatus de Chavarría como mayordomo, véase AMPG, 1913, leg. Notas municipales, 155 fols., abril 18, 1913.

27 Véase Gobat, “Against the Bourgeois Spirit”, 114, para una lista de las principales víctimas.

28 Conservado en USNA, RG 84, vol. 26, anexo N° 3 a 14 con despacho N° 76 de octubre 10, 1912.

29 La Información, septiembre 28, 1912.

30 USNA, RG 84, vol. 26, anexo N° 13 con despacho N° 76 de octubre 10, 1912.

31 Ej., Ibid., anexos N° 5 y N° 10.

32 Ibid., anexo N° 13.

33 Ibid.

34 Outram, Body and French Revolution, 1.

35 Además de los testimonios citados, véase USNA, RG 84, vol. 26, expediente 800, N° 74, anexo N°. 6.

36 USNA, RG 59, 817.00/2134, “Damas de Granada” a Almi-rante Southerland, octubre 11, 1912.

37 Sobre cómo el honor femenino sostenía la autoridad de la élite, véase Dore, “Patriarchy and Prívate Property”, 67-68.

38 Véase Gobat, “Against the Bourgeois Spirit”, 122-25, para las fuentes relevantes.

39 USNA, RG 84, vol. 26, anexo N° 8 con despacho N° 76 de octubre 10, 1912.

40 USNA, RG 59, 817.00/2198, anexo N° 4, Labern a Thomp-son, septiembre 4, 1912.

41 USNA, RG 84, vol. 26, anexo No. 13 con despacho N° 76 de octubre 10, 1912.

42 Véase Gobat, “Against the Bourgeois Spirit”, 125, para ejemplos específicos.

43 USNA, RG 59, 817.00/2191, anexo N° 19, septiembre 26, 1912.

44 USNA, RG 59, 817.00/2119, Southerland a Secretario de la Marina, septiembre 27, 1912.

45 USNA, RG 127, entrada 43, caja 2, folder NICA, 1912—Re-laciones con Oficiales Nicaragüenses, Resumen de entrevista de Argüello con Teniente Coronel Long, octubre 10, 1912.

46 Coronil y Skurski, “Dismembering and Remembering the Nation”, 289.

47 Ej., Dore, “Patriarchy from Above, Below”, 225.

48 Véase también Gould, “Café, trabajo y comunidad indígena”.

49 Ej., USNA, RG 59, 817.00/1811, Weitzel a Secretario de Esta-do, agosto 2, 1912. 50 En términos más generales, véase Nancy Mitchell, Danger of Dreams.

51 USNA, RG 59, 817.00/1940a, Huntington Wilson a Presidente Taft, agosto 30, 1912.

52 Challener, Admiráis, Generáis, 302-8.

53 Schmidt, Maverick Marine, 54. Sobre la oposición a una inva-sión a gran escala por parte del oficial militar norteamericano de mayor rango en Nicaragua, véase 54 USNA, RG 59, 817.00/1898, Terhune a Secretario de la Marina, agosto 3, 1912.

55 USNA, RG 127, entrada 43, expediente Nicaragua 1912— Reportes de Operaciones, caja 3, Long a Pendleton, noviem-bre 18, 1912.

56 USNA, RG 59, 817.00/2183, Transcripción del Libro de Re-gistro Misceláneo del Consulado Americano, Corinto.

57 Venzon, General Smedley Darlington Butler, 103; Butler, Oíd Gimlet Eye, 141-43.

Ham, “Revolution in Nicaragua”, 576.

58 La Información, septiembre 10, 1912.

59 Carta de Leonardo Argüello a Southerland, septiembre 3, 1912, en Montalván, Hace medio siglo, 91-98.

60 Ramírez Delgado, Narraciones históricas, 85-87.

61 USNA, RG 59, 817.00/2013, Southerland a Secretario de la Marina, septiembre 3, 1912.

62 USNA, RG 59, 817.00/2183 (especialmente septiembre 3).

63 USNA, RG 59, 817.00/1940b, Huntington Wilson a Weitzel, septiembre 4, 1912.

64 USNA, RG 59, 817.00/1944, Weitzel a Secretario de Estado, septiembre 4, 1912; 817.00/2183; RG 127, entrada 43, caja 3, expediente Nicaragua 1912—Reportes de Operaciones, Long a Pendleton, noviembre 18, 1912.

65 USNA, RG 59, 817.51/504, Díaz a Mallet-Prevost, septiembre 23, 1912.

66 La Información, septiembre 10, 21, 22 y 24, 1912.

67 Butler, Oíd Gimlet Eye, 160-61; testimonios en El Centro-americano, octubre 26, 1924.

68 USNA, RG 59, 817.00/2129, Memorándum del General Luis Mena, octubre 10, 1912.

69 USNA, RG 127, entrada 43, expediente 1912 Nicaragua, caja 3, Pendleton a Southerland, octubre 11, 1912.

70 Ej., Challener, Admiráis, Generáis, 306-7; y Schmidt, Mav- erick Marine, 52-53.

71 USNA, RG 59, 817.011/16, enero 15, 1912; Circular de Lacayo “Nicaragüenses, jefes, oficiales y soldados, centroamericanos”, en USNA, RG 84, vol. 26.

72 USNA, RG 59, 817.00/2191, anexo N° 14.

73 Véase declaración de Mena en La Información, octubre 12, 1912.

74 USNA, RG 59, 817.00/1998, Weitzel a Secretario de Estado, septiembre 20, 1912; 817.00/2191, anexo N°. 16.

75 Butler, Oíd Gimlet Eye, 157-58.

76 La Información, octubre 2, 1912.

77 USNA, RG 127, entrada 43, expediente 1912 Nicaragua, caja 3, Pendleton a 78 Southerland, Octubre 11, 1912.

79 USNA, RG 59, 817.00/2191, anexo N° 18.

80 Ej., Valle Castillo, “Zeledón”.

81 Véase Doctor y General, Ediciones Ministerio de Educa-ción, para mayor información sobre la niñez y juventud de Zeledón.

82 Ej., Instituto de Estudio del Sandinismo, Pensamiento An- timperialista, 147-49 y 153.

83 Marine Corps University Research Archives, U.S. Marine Corps, Gray Research Center (en adelante, MCURA), Pen-dleton Papers, folder 7, Pendleton a Long, octubre 2, 1912.

84 USNA, RG 59, 817.00/2198, anexo N° 2.

85 Testimonio del suegro de Zeledón, reproducido en Matus, Estudio crítico, 47.

Robleto, Nido de memorias, 242.

86 Testimonio de Ramírez, en Barricada, octubre 4, 1980.

87 Matus, Estudio crítico, 44-49; Barricada, octubre 4, 1980; Robleto, Nido de memorias, 244.

88 MCURA, Pendleton Papers, folder 7, Butler a Southerland, octubre 4, 1912; USNA, RG 127, entrada 43, caja 2, expe-diente NICA, 1912—Inteligencia.

89 Véase el testimonio de Carlos Muñoz en Barricada, octubre 4, 1981.

Conrad, Sandino, 63.

90 MCURA, Pendleton Papers, folder 7, Long a Pendleton, octubre 1, 1912; USNA, RG 84, vol. 26, General Francisco Baca a Weitzel, septiembre 29, 1912.

91 USNA, RG 59, 817.00/2198, anexo N° 77, E. Viggh a Weit-zel, octubre 3, 1912.

92 USNA, RG 59, 817.00/2126, Southerland a Secretario de la Marina, octubre 5, 1912. Véase Gould, To Lead as Equals, 25-26, sobre la versión local.

93 USNA, RG 127, entrada 43, expediente Nicaragua 1912— Reportes de Operaciones, Long a Pendleton, noviembre 18, 1912.

94 USNA, RG 59, 817.00/2128, Southerland a Secretario de la Marina, octubre 10, 1912.

95 USNA, RG 84, vol. 26, Southerland a Weitzel, octubre 8, 1912.

96      USNA, RG 127, entrada 43, caja 2, expediente NICA, 1912— Relaciones con Oficiales de Nicaragua, Entrevista de Long con Argüello, octubre 10, 1912.

97      USNA, RG 59, 817.00/2160, Southerland a Secretario de la Marina, noviembre 4, 1912.

98      Ej., Venzon, General Smedley Darlington Butler, 127 y 13032; USNA, RG 84, vol. 25, Martínez a Weitzel, noviembre 12, 1912; y USNA, RG 59, 817.00/2164, Southerland a Secretario de la Marina, noviembre 14, 1912.

99      Montiel, “Tierra del no vivir”.

100    Sobre el estimado más alto, véase USNA, RG 59,817.00/2264,

anexo N°4.

101    Por ejemplo, Armando Benard Lacayo sostiene que nunca escuchó que su padre Martín Benard hubiese sido maltratado por los revolucionarios de 1912. Entrevista con José Joaquín Quadra, Granada, agosto 1, 1996.

102    La fuente de la cita es USNA, RG 59, 817.00/2205, anexo N° 1, Chamorro a Ministro Salvadoreño, diciembre 10, 1912, 7.

103    Editorial de la revista Nación, 112.2903 (1921): 278.

Parte III. Diplomacia del Dólar, 1912-1927

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