Por Tomas Andino Mencía
El caso de la diputada Isis Cuellar, parlamentaria del Partido LIBRE en Honduras, quien fue descubierta participando de una red de corrupción con fondos del Congreso Nacional de Honduras en julio de 2025, ha abierto un fuerte debate nacional sobre el rol de los diputados en la ejecución de fondos públicos, sobre lo cual hice un escrito dedicado específicamente a ese tema.
Sin embargo, hay un vacío de reflexiones para dar luces a los tantos y tantas compañeras que, con sanas intenciones, se han embarcado en representar a este partido en el parlamento hondureño, en medio de una batalla ideológica y política contra la ultraderecha hondureña, que ni corta ni perezosa ha aprovechado este caso para despotricar contra la representación de este partido reformista, de cara a las próximas elecciones de noviembre de este año. Eso me ha motivado a hacer este escrito, que contiene reflexiones de mi parte, con un enfoque socialista revolucionario y en base también a mi propia experiencia como parlamentario en el periodo 2006 – 2010
Del clientelismo al oportunismo
Desde que Honduras es Estado, el clientelismo político lo han practicado las clases dominantes, terratenientes y burgueses, para asegurar la continuidad de sus caudillos o agentes políticos en el poder. Se ha practicado durante tanto tiempo, que forma parte de la cultura política tradicional contemporánea, al grado que incluso hoy día ha sido adoptado por las diputadas y diputados de LIBRE, que reclaman ser socialistas democráticos.
Quienes lo justifican, no ve nada de malo en eso, ¿acaso no se busca el poder y para eso no se necesitan votos?, dicen. La verdadera pregunta que un revolucionario debe hacerse es ¿Cuál es el objetivo estratégico de nuestra actividad? ¿Para quién queremos el Poder? La respuesta a esas preguntas hace la diferencia entre un diputado revolucionario y un diputado oportunista.
Al diputado oportunista solo le interesa tener cada vez más electorado, para así ascender en el ranking político. El cargo es un objetivo en sí, justificado en “la causa”. Su éxito se mide en la cantidad de votos, de diputados electos y en los puestos o cargos que estos ocupen o escalen. Si para lograrlo hay que sacrificar la calidad de la causa, reduciendo la radicalidad del planteamiento para que sea aceptable al sector dominante, o reducir ideas transformadoras a propuestas “light”, para ganar más votantes, el oportunista lo sacrifica. Lo que ocurra con el pueblo, es subsidiario a esto, pues en esta lógica, cuanto más poder tenga la representación parlamentaria, se supone que más se beneficiará el Pueblo.
En cambio, el diputado verdaderamente de izquierda no busca tener poder para sí, sino empoderar al pueblo utilizando su actividad parlamentaria como una tribuna, como un instrumento, para propagandizar su causa, para agitar al pueblo, orientarlo hacia la lucha, para desenmascarar los sucios negocios que se cuecen en ese espacio; es decir, ser un factor de disrupción en el sistema. El cargo no es el objetivo en sí, sino el medio. Su éxito se mide en qué tanta conciencia, organización y movilización despertó fuera del parlamento en el Pueblo, con su actividad contra las expresiones del capitalismo en su país dentro del parlamento.
Tanto es su compromiso con el Pueblo que, si en determinado momento, hay que sacrificar su “popularidad” como diputado, incluso no participar en elecciones, se hace sin pestañar. Para el revolucionario lo que ocurra con la capacidad del pueblo para insubordinarse al orden burgués, es lo más importante.
Cuando un socialista actúa de esta última manera, anda bien; pero si lo hace de la primera, entonces decimos que se ha adaptado y ha sido cooptado por el sistema, es decir, se ha aburguesado, y lo que hace no es actividad revolucionaria, sino oportunismo puro.
Pero ¿por qué sucede que diputados de izquierda asumen una conducta clientelar oportunista? Sin duda hay un déficit de educación revolucionaria, por un lado, pero también, está el peso de la naturaleza burguesa del cargo, que a mi juicio es lo que más influye, porque es un factor objetivo. Me detengo en este último punto, porque es el menos comprendido.
Qué es el parlamento burgués
Se nos ha educado tradicionalmente en que el parlamento es la representación del Pueblo, un “corte transversal” de la sociedad, pero, lo que no se nos ha dicho, es que ese órgano de poder estatal no fue diseñado por ninguna entidad neutral, sino por la representación de las clases dominantes, a través de una Constituyente integrada por los partidos de la oligarquía, cuyo objetivo es preservar y expandir su dominación. Por ende, no fue hecho para que el Pueblo oprimido y explotado canalice las iniciativas que le permitan construir la sociedad que necesita; está diseñado para que desde ahí gobiernen “los de arriba”, es decir, las elites de las clases burguesa y terrateniente. En ese sentido, ese es su parlamento, el parlamento de la clase dominante, no el nuestro.
El carácter excluyente y clasista de este órgano de poder estatal, deviene del hecho de que a la clase dominante jamás se le ha cruzado por la mente que algún día el parlamento pueda ser un instrumento de poder y transformación de los de abajo, es decir, de los obreros, campesinos, pobladores, mujeres, jóvenes, porque ese día seria su fin como clase dominante. Ese es un escenario distópico al que le huyen como a la peste; y por eso todo el orden jurídico, político y militar en el Estado, existe para preservarlo, aun a costa de Golpes de Estado, si fuera necesario.
Por todo lo dicho, existe un abismo de separación entre el diputado típico de un parlamento burgués, y la población que lo elije, ya que esta sólo es útil para el momento de la votación y sólo para eso. Una vez electo, el elector no vuelve a saber nada de este. En ese sentido, no existe la “representatividad” que se le vende al Pueblo porque, si realmente existiera, el diputado (a) estaría en constante interacción con los liderazgos comunitarios de su jurisdicción, les consultaría para presentar proyectos o mociones en el Congreso Nacional, les rendiría cuentas periódicamente, se sometería a sus decisiones, y hasta podría ser revocado de sus funciones cuando la base sienta que ya no la representa.
Las funciones del parlamento burgués
Ahora bien, el parlamento burgués tiene tres funciones en el Estado capitalista.
Una primera función es ser un espacio de representación de las distintas facciones de la clase dominante, donde dirimen sus diferencias, guardando un cierto equilibrio político. Esto lo hacen mediante un juego democrático electoral en el parlamento y, también, mediante un juego de pesos y contrapesos entre instituciones, para que ninguna fracción burguesa se imponga a la fuerza sobre otra, conservando así la estabilidad del sistema.
Pero a este juego no están invitados los sectores populares. Los intereses de las grandes mayorías solo están en la agenda del parlamento, en el momento y en la forma en que conviene a las distintas facciones burguesas, o, en un caso extremo, cuando el Pueblo los obliga a tomarlos en cuenta.
Una segunda función del parlamento es ser un espacio desde donde se alimenta la organización, financiamiento y renovación constante de cuadros del Estado, pues ahí se eligen varias instituciones estatales como la Corte Suprema, el Consejo Nacional Electoral, se aprueba los presupuestos del Estado, y se eligen periódicamente funcionarios de alto rango.
Y una tercera función, que es la que nos interesa para este trabajo, es ser una fuente de capitalización de la burguesía, mediante lo que conocemos como corrupción institucionalizada a gran escala. Ahí, los distintos sectores burgueses no solo discuten política sino también negocios, y se ponen de acuerdo en cómo repartirse el tesoro público, para lo cual no tienen escrúpulos. Este es importante comprenderlo porque cuando nosotros hablamos de corrupción, para ellos es solo un mecanismo más de capitalización de su grandes negocios, no un problema ético.
La dulce peligrosidad del parlamento burgués para los socialistas
El modelo burgués de conducta parlamentaria es un modelo que no le causa problema al diputado de un partido burgués típico, como el Liberal y el Nacional, porque para eso está diseñado y así han actuado toda la vida. Los diputados de esos partidos son sirvientes del Capital y no les incomoda sujetarse a su reglas, incluso ser parte de prácticas corruptas que sirven a la capitalización burguesa.
Pero sí que mete en problemas a diputados(as) de partidos de corte socialista, que provienen de otros orígenes, y esto por dos razones:
La primera razón es porque los diputados o diputadas de izquierda, encuentran como un enorme obstáculo verse limitados a desarrollar sus iniciativas únicamente en el marco del orden jurídico pre existente, constituido por miles de leyes, códigos, reglamentos o disposiciones que forman un todo armónico protector de la propiedad privada burguesa, a la que se tiene como objeto de adoración. Por ejemplo, es muy difícil promover una reforma agraria profunda, sin tener que pasar por encima de múltiples leyes, principios constitucionales, etc. que tienen “amarrado” el orden de cosas burguesa imperante.
Si nos atenemos a los procedimientos de la democracia burguesa, no hay manera de romper ese orden, si no se cuenta con una mayoría calificada o por la vía extraordinaria de la Asamblea Constituyente, que, en el caso de Honduras, prácticamente esta proscrita. En las votaciones los parlamentarios de derecha por regla general hacen sus diferencias a un lado y se unen para impedir decisiones que afecten los negocios capitalistas o su forma de gobernar. porque saben que, en ese tipo de decisiones, se juega la vida del orden burgués imperante, como es el caso de la falta de consenso sobre la Ley de Justicia Tributaria.
Si se sujeta a esa regla, la única manera de “progresar” en tal medio, es siendo reformistas, es decir, promoviendo leves reformas al sistema, que no sean percibidas como amenazas de esas inamovibles bases. A ese ritmo se puede demorar décadas para producir cambios importantes. En ningún país del mundo se ha logrado hacer un cambio de estructuras a punta de reformas lentas y progresivas. Más bien las experiencias con ese proceder, son adversas. En el mejor de los casos conduce al reformismo, y en el peor, a la traición. Como lo evidencia el caso de la social democracia, que juro que podría cambiar el capitalismo mediante reformas, hace más de un siglo, y se convirtió en un aliado del imperialismo.
La historia demuestra que, los únicos cambios drásticos de sistema económico social u político, se han logrado gracias a grandes convulsiones revolucionarias o grandes movimientos de masas que fuerzan las transformaciones desde fuera del parlamento, en muchos casos acompañadas de violencia insurreccional. Por eso, la via rápida para lograr los objetivos es generando desde fuera del parlamento una presión social enorme que fuerce a las representación de la clase dominante a ceder.
Esto significa que los diputados socialistas se deben vincular a grandes movimientos de masas o mediante su agitación generarlos, en coordinación con la actividad partidaria fuera de la cámara legislativa. Lo mejor es que su actividad en el parlamento debe estar conectada con un movimiento de la gente en la calle, en los centros de trabajo, en los barrios, para ejercer presión desde fuera hacia adentro.
Solo así, pequeñas representaciones parlamentarias han logrado ganar batallas que, con la relación de fuerzas interna, hubieran sido imposibles, como ocurrió con la no aprobación de la Ley Marco del Sector Agua Potable y Saneamiento en Honduras (2003), la Ley de Victimas y Restitución de Tierras en Colombia (2011) o la Reforma Laboral de 2019 en México. Triunfan precisamente porque su fuerza viene de fuera, de las clases populares que les apoyan.
Y la segunda razón de por qué el parlamento burgués es peligroso para los revolucionarios, tiene que ver precisamente con el riesgo de ser envuelto por la espiral de la corrupción que la burguesía practica a diario con los fondos públicos.
El diputado de izquierda se ve constantemente tentado por el sistema a corromperse, a darle una salida fácil a su vida, a relajar sus principios revolucionarios que le exigen sacrificios, a establecer vínculos políticos con sectores amigables del enemigo y, en el peor de los casos, a pasarse de bando, seducido por las ventajas que le ofrece estar del lado de los opresores.
La conducta transgresora de los representantes burgueses en el parlamento asienta un modelo que los más débiles parlamentarios de izquierda pueden querer replicar, en pequeña escala, aprovechando las oportunidades de financiamiento, privilegios o directamente participando en acciones delictivas financieras a las que pueden ser atraídos en esos círculos.
Por tal motivo, no es infrecuente que valiosos cuadros se han perdido succionados por la corruptela existente en los parlamentos de cada país. Bien se dice que la mejor forma de destruir un prospecto prometedor de revolucionario es exponerlo al parlamento de la burguesia, donde estará sujeto a las presiones mas intensas de la podredumbre capitalista.
De hecho, la política del imperialismo norteamericano en la ultima década enfatiza hacer una persecución política, disfrazada de lucha anticorrupción contra políticos latinoamericanos que son incomodos para su hegemonía política en la región, convirtiéndose en un arma de chantaje político de las fuerzas progresistas y revolucionarias.
Por esas dos razones, ser de izquierda en un parlamento burgués, y cumplir su rol con una conducta revolucionaria, es una tarea extremadamente desafiante, desde el punto de vista político, ideológico y psicológico, que requiere de cuadros sólidos y jugados en la lucha de clases.
Que se puede y debe hacer para que esto no pase
La primera y mejor medida es la prevención. Esto significa:
- Educación revolucionaria a toda la militancia del partido sobre la ética de los revolucionarios(as).
- Involucrar al diputado o diputada en las luchas populares de manera intensa y frecuente, para que no pierda su conexión con los intereses de las bases populares.
- Diseñar estrategia que combinen la lucha social con la lucha parlamentaria.
- Estudio de los antecedentes o trayectoria de las personas previo a ser aceptadas como candidatas a ocupar cargos en el parlamento o en cualquier otro cargo de elección popular.
- Introducir estrictas normas éticas en el partido para que la militancia este familiarizada con su cumplimiento.
- Capacitar al Tribunal de Honor para que este preparado ante alguna eventualidad.
- Rechazo de los privilegios que se da en parlamento.
- Estimulo y recompensa por sus logros en los que haya enfrentado intentos de corrupción y traición.
- Mantener una vigilancia ideológica y ética permanente sobre las personas que tiene cargos en el parlamento o corporaciones municipales y un sistema de alerta temprana de conductas impropias.
Las medidas recomendadas, si falla algún compañero(a) socialista:
- Investigación imparcial sobre los hechos, con respeto al Debido Proceso.
- Sanción ejemplar, con el criterio de mayor castigo al de más alto nivel jerárquico.