Por Tomas Andino Mencía
La contradicción fundamental de nuestra sociedad
Los revolucionarios(as) somos conscientes de que la contradicción fundamental que debemos resolver en esta etapa histórica es la establecida entre las grandes masas obreras, campesinas y populares en contra de la oligarquía burguesa terrateniente y contra su amo imperialista, es decir, en contra de la facción dominante en el Estado de la clase capitalista. También sabemos que la única forma de romper con una formación económico social de este tipo es mediante una Revolución Popular, que derive en Revolución Socialista, ya que la gran burguesía no cederá sus riquezas ni habrá democracia real sino hasta que el Pueblo le arrebate el Poder. Como se dijo, esta es la contradicción fundamental de nuestro tiempo.
Expresiones de esta contradicción fundamental en Honduras han ocurrido y siguen ocurriendo hoy día. Por ejemplo, las grandes luchas de clase emprendidas por los trabajadores mineros y bananeros a inicios del siglo XX contra los gigantescos monopolios ingleses y norteamericanos; la lucha popular contra la dictadura cariísta en los años 30s y 40s; la insurrección popular contra la dictadura de Julio Lozano Diaz en 1957; el Golpe de Estado de 1963 y la resistencia armada campesina; la luchas obreras, campesinas y magisteriales de los años 60 hasta inicios del siglo XXI, o la lucha en las calles de la Resistencia popular posterior al Golpe de Estado de 2009.
Hoy día esta contradicción fundamental de la lucha de clases se expresa en la lucha campesina contra la explotación extractivista en el Bajo Aguan, en las luchas de los trabajadores de las maquilas por defender sus salarios, las huelgas obreras por la defensa del empleo o contratos colectivos, en los movimientos territoriales de las comunidades contra las mineras e hidroeléctricas a lo largo y ancho del país, entre otras.
Para resolver esta contradicción fundamental y lograr la aspiración estratégica del socialismo, las y los revolucionarios estamos en la obligación, en primer lugar, de movilizar a las masas obreras, campesinas y populares para debilitar y derrocar del poder a la oligarquía burguesa-terrateniente y del imperialismo; en segundo lugar, construir organismos de Poder Popular que permitan sentar las bases de la Nueva Sociedad y la Liberación Nacional; y en tercer lugar, construir la herramienta política que nos permita trabajar organizadamente para alcanzar los dos primeros objetivos, es decir, el Partido Revolucionario.
En función de esos objetivos estratégicos, debemos adecuar la respuesta táctica más adecuada en cada momento coyuntural para avanzar hacia su cumplimiento.
Las contradicciones secundarias de la burguesía
Entre otros temas de importancia capital en la lucha revolucionaria, toca en este momento desarrollar un tema clave para sacar provecho de las contradicciones que la clase dominante tiene a su interior, con el propósito de debilitar al enemigo fundamental; es decir, las contradicciones que se establece entre la oligarquía y otros sectores burgueses emergentes, no oligárquicos.
En la historia socio política de Honduras ha habido fuertes contradicciones secundarias al interior de la clase burguesa, especialmente entre su segmento más recalcitrante y conservador, que detenta el poder, y su segmento progresista-reformista, generalmente despojado de poder. El primero es lo que se conoce como oligarquía (termino que deriva del latín "oligos"=pocos, "kratos"=poder); mientras que el segundo es el sector burgués que no cuenta con cuotas de poder suficientes, o no las tiene del todo, para desde ahí desarrollar sus intereses como clase burguesa.
Ambas son fracciones de la misma clase social capitalista, pero ubicadas en posiciones diferentes en el espectro político del Estado, de manera que cuando una sustituye a la otra, el sistema capitalista se conserva y continua la explotación de la clase trabajadora; explotación que puede cobrar diferentes modalidades, según la facción burguesa que llega al poder. Es decir, el objetivo de cada fracción burguesa es desarrollar desde el poder el modelo de acumulación capitalista que mejor le conviene, por la posición que tiene en el sistema productivo, el comercio o la banca, o por su asociación con capitales extranjeros; pero ambas lo hacen en el marco del sistema capitalista.
Estas diferentes modalidades de explotación han constituido diferentes modelos de acumulación de capital, de los que en Honduras hemos conocidos al menos tres: el modelo extractivista de enclave, principalmente minero y bananero (siglo XIX y primera mitad del siglo XX); el modelo de sustitución de importaciones o industrialista (años 60s y 70); y el modelo agroexportador neoliberal (desde los años 80s hasta 2005). En 2006 inicia un intento de retomar el modelo industrialista pero frustrado por el Golpe de Estado de 2009, para volver a un modelo de extractivismo neocolonial fuertemente basado en el poder del capital financiero y comercial y en la inversión transnacional.
Estas contradicciones entre la oligarquía burguesa terrateniente versus la emergente burguesía nacional y clases medias, han dado lugar a momentos cumbre de la historia política de Honduras, que para el historicismo burgués son conflictos entre lideres políticos o partidos políticos, pero que para los revolucionarios son la expresión de las mencionadas contradicciones internas entre facciones burguesas. Ejemplo de estas son: La histórica confrontación del cachurequismo y el liberalismo a lo largo del siglo XX; la gran crisis política de los años 1956-57, contra el gobierno de Julio Lozano Diaz; la pugna entre rodismo y el villedismo en el Partido Liberal; la crisis generada por la guerra de 1969 entre las burguesías salvadoreña y hondureña que asesto un duro golpe a las represivas Fuerzas Armadas; el Golpe de Estado de 1972 contra Ramon Ernesto Cruz a manos del reformista General Oswaldo López Arellano; la crisis institucional de 1985, que enfrentó al Poder Ejecutivo y al Congreso; o, la crisis de dominación que dio lugar al Golpe de Estado de 2009.
La historia muestra que estas contradicciones secundarias de la burguesía, cuando llegan al punto de hacerse conflictos de Estado, son momentos claves para los revolucionarios porque hacen entrar en crisis al sistema de dominación en general, abriendo valiosas oportunidades para que las masas populares se movilicen. En algunos casos, inclusive, la pugna interburguesa es detonada por una movilización de masas previa, como ocurrió por ejemplo en el caso del Golpe de Estado contra Julio Lozano Diaz (1957), Villeda Morales (1963) o Ramon Ernesto Cruz (1972), precedidos por importantes movimientos urbanos o rurales que amenazaban la propiedad privada o la estabilidad del gobierno. En otros casos, la movilización se desata como consecuencia de alguna reforma al régimen politico, como fue el caso de la experiencia del gobierno de Manuel Zelaya con su intento de instalar una Constituyente. Y en otros casos no necesariamente ha habido esa movilización, como ocurrió en la crisis institucional de 1985.
Esta realidad nos indica que los revolucionarios debemos poner atención al desarrollo de estas crisis interburguesas, y no simplemente ignorarlas, ni confundirse tomándolas como si fueran nuestra propia causa, pues, así como pueden ser de mucha utilidad para la revolución, conllevan también riesgos importantes, como se explica a continuación.
La demagogia populista de las burguesías emergentes
Por regla general, en la medida en que la facción burguesa emergente necesita romper el cerrado círculo de poder de una oligarquía bien atrincherada para introducir cambios en el sistema, recurre al apoyo de las masas populares para enfrentarse a aquella, bajo su conducción por supuesto, a fin de ablandar al gobierno recalcitrante para que ceda a sus demandas o directamente para sacarlo del poder. Estas burguesías emergentes suelen motivar a las masas populares con reivindicaciones que les resulten atractivas, por los beneficios que esas reformas conllevan, aunque en el fondo no sean estas las que realmente pretendan lograr. Cuando logran su verdadero objetivo, mediante negociaciones o pactos secretos, echan agua fría a todo y dejan abandonadas a las masas populares con sus anhelos de cambio.
En Honduras, las masas obreras y campesinas han sido vilmente utilizadas de esta forma en varios casos. Un ejemplo de eso fue la oferta de Reforma Agraria en el gobierno de Ramon Villeda Morales, que termino siendo una pobre repartición de lotes, que poco o nada tocó los intereses de los terratenientes. Otro fue el aumento del impuesto bananero hecho por Oswaldo López Arellano en 1974, que solo era una estrategia para venderse mejor al soborno de dichas empresas. O el aumento al salario mínimo del 60% que aprobó Mel Zelaya en 2009 cuando estaba en lo más álgido la pugna contra la facción liderada por Roberto Micheletti; un aumento que no hizo valer más que en la administración pública. En estos casos las masas solo son utilizadas demagógicamente para los propósitos de las facciones burguesas emergentes.
Es decir que estas burguesías llevan una doble agenda, una para consumo de masas y otra para sus reales objetivos. Los revolucionarios debemos saber distinguir esa diferencia, para evitar que las masas, y nosotros mismos, caigamos en su trampa.
La ilusión del reformismo
Pero ¿es viable el reformismo hoy día?
Lo primero a tener claro es que, en la época actual, cuando el sistema capitalista mundial ha perdido su capacidad de hacer reformas sostenibles. Las gigantescas deudas externas, la recesión de las principales economías, el desmantelamiento del Estado por el neoliberalismo, las dificultades de articulación del mercado mundial por la pugna interimperialista que enfrenta bloques económicos mundiales y las marcadas tendencias hacia el autoritarismo, tienen como consecuencia la pérdida de capacidad de los Estados burgueses de desarrollar experiencias de “Estados de Bienestar” como en el pasado.
Tan es así que, para que una reforma económica o social sea viable, es necesario salir del chaleco de fuerza de la propiedad privada burguesa para tener la posibilidad de hacer mejoras en su condición de vida; incluso para que las economías burguesas puedan salir a flote. Esto se muestra en el hecho de que, salvo en aquellos países donde el capitalismo fue derrocado o donde se han formado sistemas económicos mixtos o transicionales, como ocurre en China, no existe posibilidad alguna de la viabilidad de reformas económicas y sociales. Lo común a todos estos es que ahí, de una u otra forma, la propiedad burguesa ha sido afectada o disminuida en su peso respecto a la economía en general. En conclusión, el reformismo no tiene ya sustento económico ni político en el capitalismo.
Esto último aplica en el caso de Honduras. Aquí el rígido sistema oligárquico que describimos es absolutamente resistente a cualquier intento de reforma, por mínima que sea. Lo demostró el Golpe de Estado de 2009 ante la posibilidad de hacer una simple consulta popular. Por eso sostenemos que cambiar esa situación no será mediante un proceso reformista, sino mediante un proceso revolucionario, que afecte directamente la propiedad burguesa.
La ingenuidad e inmadurez del ultraizquierdismo
En el otro extremo político encontramos una posición también incorrecta; el ultraizquierdismo.
Hay compañeros que rechazan las reformas progresivas porque, para ellos, de lo que se trata es de ir directamente a demandas radicales contra la burguesía y su gobierno, proponiendo su derrocamiento inmediato. Esta es la típica actitud ultraizquierdista. En un mundo ideal, que no existe, eso puede funcionar, pero en el mundo real, donde las grandes masas del pueblo están imbuidas de ideología burguesa, los revolucionarios debemos acercarlas a los grandes cambios al ritmo que su conciencia alcanza, para hacerla avanzar, y esto solo se logra en la práctica, haciendo la lucha en la calle y por cambiar (o despertar) su conciencia, mediante una paciente educación revolucionaria, acompañada de acciones de lucha. No hay atajos.
En ese sentido los revolucionarios no despreciamos a secas las reformas por sí mismas, y menos cuando una propuesta de reforma tiene un potencial de movilización de masas. Cada vez que las masas luchan por un cambio, por modesto que sea, es una oportunidad para la educación revolucionaria y para la acción; así que aquellas reformas que le interesan a las masas populares para luchar también son de interés para los revolucionarios.
El método de los revolucionarios ante las reformas
Pero ¿Cómo debemos actuar ante las propuestas de reformas y ante los sectores burgueses reformistas?
En primer lugar, si hay algo que debe caracterizar a todo revolucionario socialista es que está atento a las oportunidades que nos da la realidad. Eso implica estudiar las reformas económicas, sociales y políticas que, tanto sectores burgueses como pequeño burgueses exigen o proponen, y despiertan el entusiasmo de las masas populares, pero, sobre todo, y prioritariamente, las propuestas de reformas que se originan en los sectores populares, para vivir mejor; ejemplos de estas últimas son: la reforma agraria, una reforma fiscal progresiva, una reforma para permitir una mayor participación popular, etc. Debemos distinguir cuales reformas tienen el potencial de despertar la lucha del Pueblo y cuáles no. Eso nos diferencia de los reformistas, que ven a todas las reformas en sí mismas, sin ver la utilidad que tienen en el camino hacia la Revolución.
Hay reformas que son de interés solo para los políticos burgueses; por ejemplo, eliminar impuestos sobre la Renta a las empresas, hacer reformas constitucionales para que partidos políticos cobren una mayor Deuda Política, etc.; estas no interesan al ciudadano de a pie; pero las hay que tienen un potencial de arrastrar grandes contingentes de masas, incluso de derribar gobiernos, como por ejemplo, la demanda por el control de precios, un aumento general de salarios, la salida de una dictadura o la Asamblea Constituyente. A esas ultimas llamamos reformas progresivas.
En segundo lugar, el método revolucionario está abierto a establecer coincidencias prácticas con los sectores burgueses portadores de reivindicaciones democráticas y de liberación nacional progresivas, siendo esto necesario cuando no tenemos la correlación de fuerzas como movimiento popular contra el enemigo oligárquico. Si la tuviéramos no las necesitaríamos. Pero eso tiene un límite: de ninguna manera esas coincidencias coyunturales deben llevarnos a renunciar a lo nuestro, ni a maquillar al sector burgués reformista, como si fuéramos lo mismo.
Por ejemplo, es lícito llegar a coincidencia con el reformismo zelayista en aquello que este proponga que pueda confrontar al Pueblo contra la oligarquía vendepatria, por ejemplo, en el caso de la reforma fiscal que pretende con la Ley de Justicia Tributaria, o la prohibición de las ZEDEs, porque eso confronta los intereses de esa oligarquía, sin dejar de señalar las inconsistencias o limitaciones de sus propuestas, y sin dejar de fortalecer nuestras propias organizaciones, nuestros métodos de lucha y nuestras propias expresiones de Poder obrero y popular. A esto es lo que llamamos actuar con la más absoluta independencia política de clase, tanto frente a la oligarquía como frente al sector burgués más progresivo. Porque de lo que se trata es de salir fortalecidos, no que la burguesía reformista salga fortalecida.
En tercer lugar, estar atento a las traiciones de los sectores burgueses progresistas. Cuando en su cálculo político las facciones burguesas emergentes o progresistas, sienten que el movimiento de masas puede entrar o ha entrado en acción fuera de su control, buscan siempre solucionar lo más pronto posible esas fisuras con la ayuda del imperialismo o de instituciones burguesas como las Fuerzas Armadas o las iglesias, utilizando el método de las componendas, las negociaciones secretas, las concesiones políticas mutuas o el soborno, porque son consciente de que tales crisis, si se dejan madurar por mucho tiempo, son un riesgo precisamente por la irrupción independiente de masas que puede cuestionar su dominación de clase. Y si hay algo que las diferentes facciones burguesas detestan, más que las diferencias secundarias que las separan, es su temor y odio a la movilización independiente y revolucionaria de masas, porque saben que esta es la antítesis del sistema capitalista en su conjunto.
Lo anterior es importante porque los revolucionarios siempre debemos tener en mente que las burguesías solo utilizan las propuestas de reformas progresivas para mover a masas en contra de su adversario burgués, pero no porque estén dispuestos a llevarlas a cabo. Por lo general las dejan a mitad de camino cuando han cumplido su objetivo real.
Veamos algunos casos. La propuesta de la Asamblea Constituyente Originaria sirvió para movilizar a centenares de miles de personas cuando LIBRE no era gobierno; hoy que es gobierno, la deja a un lado para no afectar los pactos que hace con cachurecos y liberales y con el imperio. La propuesta de la salida de las ZEDEs igualmente movilizó a decenas de miles de personas, y si bien es cierto que derogaron la Ley Orgánica de las ZEDE, incluso la declararon inconstitucional, en la prácti estas continúan expandiéndose en el pais, y no se les toca a fin de no entrar en pugna con el imperialismo. La propuesta de Ley de Justicia Tributaria sobre la que se ha hecho mucha pompa, en realidad se aplicará a los nuevos contribuyentes burgueses, pero no a los que están gozando hoy día de las exenciones fiscales. O la promesa de parar el extractivismo cuando vemos que en realidad este continua sin freno alguno, y peor aún, cuando continua la matanza de defensores ambientalistas.
Cuando la facción progresista se acobarda para confrontar al poder oligárquico, o cuando las distintas facciones burguesas intentan llegar a componendas y acuerdos a espaldas o en contra de la voluntad del pueblo, a fin de apagar la lucha popular, llegó el momento de desacoplarse de cualquier alianza coyuntural con los sectores burgueses progresistas para darle continuidad a la lucha por nuestra propia cuenta, porque de lo contrario, estaríamos siendo un obstáculo en el camino a la Revolución.
En cuarto lugar, lo correcto es llevar la lucha por tal o cual reforma progresiva a su extremo, o sea hasta que el Pueblo luche por ella con movilización social. Por esta razón, las y los revolucionarios estamos en el deber de ponernos al frente de las luchas por las reformas progresivas desde un principio, disputando la conducción del proceso a las fuerzas burguesas reformistas, porque sabemos que la burguesía no será consecuente con estas. Haciéndolo así, podremos transformar la contradicción secundaria interburguesa en una contradicción fundamental contra el sistema burgués o contra el imperialismo.
El criterio es que las organizaciones del Pueblo y su capacidad de lucha debemos salir más fortalecidos de esas coyunturas, no debilitadas; de lo contrario, el movimiento popular solo habrá servido como furgón de cola de un sector burgués y nos alejará del objetivo estratégico fundamental.
En quinto lugar, lo dicho significa que en tales coyunturas los revolucionarios no debemos extraviarnos dando un apoyo incondicional a ningún caudillo burgués, o ilusamente creer que finalmente esos sectores burgueses nos conducirán a una mejor sociedad. Como burgueses que son a la larga defienden al sistema capitalista, que no es la sociedad a la que aspiramos, porque en su ADN de clase esta reproducir el capitalismo y no sustituirlo por un nuevo sistema.
Por ejemplo, en todo momento los revolucionarios debemos guardar distancia del zelayismo, de tal manera que el Pueblo no nos confunda con este, aunque en determinados tramos de la lucha, estemos en coincidencia. Eso permitirá que, cuando toque desmarcarse, el pueblo sepa seguirnos; o cuando aquel traiciones, no nos arrastre en su traición ante el Pueblo. Tarde o temprano serán parte del enemigo de clase que tendremos que combatir. Cuando ese momento llegue, no nos debe atar con ellos ningún compromiso estratégico de largo plazo. Nuestra estrella Polar siempre debe ser la Revolución y el Socialismo. Lo que nos aleje de estos, no sirve.