Teoría e Historia

 

Por David Morera Herrera

 1.- CONSIDERACIONES ESENCIALES SOBRE EL MÉTODO MARXISTA

El marxismo, adopta la lógica dialéctica de Hegel, pero dándole una base materialista histórica; en consecuencia, tiene como premisa fundamental la contradicción que explica el decurso del cambio, del movimiento en el Universo.  En consecuencia, a escala de la sociedad (materialismo histórico): el conflicto social es el motor de la historia. No obstante, como el marxismo no es un dogma pétreo, estamos ante la necesidad de precisar los debates que corresponde hacer en ese marco.

Para nosotros el marxismo es una ciencia abierta y en permanente cambio, tal como ocurre con la realidad. En consecuencia, eso incluye al marxismo mismo. No creemos en verdades absolutas, el marxismo es una elaboración colectiva, con marchas y contramarchas, aciertos y errores, que resume la experiencia centenaria de las y los explotados y oprimidas por su emancipación. Trotsky, sin duda, hace colosales innovaciones teóricas y programáticas, por ejemplo: la ley del desarrollo desigual y combinado, la teoría programa de la Revolución Permanente y la caracterización sociológica y el combate contra la burocracia que degenera el incipiente estado obrero soviético, así como la barbarie fascista.

Los geniales Marx y Engels, a diferencia de Lenin y Trotsky, no pudieron - no podían-  prever el desarrollo de la fase monopolista del imperialismo capitalista que no experimentaron en su tiempo, y erróneamente supusieron que la revolución se daría primero en los países más industrializados. Pero como diría Hegel "la astucia de la razón" hizo que las revoluciones se suscitarán primero en los países más atrasados, eslabones más débiles de la cadena mundial en la fase de la decadencia imperialista y dominio feroz de los monopolios, fase que tan bien explicó Lenin.

Pero nuestros maestros y maestras, no son omnipotentes. Trotsky se equivocó cuando propuso la militarización de los sindicatos en medio del comunismo de guerra. Lenin promovió una operación militar desastrosa que fue la fallida invasión a la Finlandia. Alexandra Kollontai fue visionaria precursora en la lucha contra la naciente burocracia soviética, encabezando la Oposición Obrera, pero luego capituló y sucumbió al stalinismo.  Gramsci, murió defenestrando la teoría de la revolución permanente de Trotsky, pero aportó contribuciones al marxismo que no pueden ser desdeñadas, como la noción de bloque en el poder, hegemonía y sujeto popular complejo, por ejemplo. Durruti, anarcosindicalista, estuvo más cerca del programa del trotskismo en la guerra civil española, que lo antiguos militantes de la Oposición de Izquierda agrupados en el POUM, encabezado por Andreu Nin. La comunera anarquista Louise Michel, a pesar de confrontar la teoría marxista en la cuestión del Estado y la transición del capitalismo al comunismo, fue una revolucionaria ejemplar toda su vida, que se enfrentó duramente al machismo de Proudhon. El partido espartaquista alemán, encabezado por la maravillosa Rosa Luxemburgo, consecuente combatiente contra la traición socialdemócrata, llevó al fracaso el Soviet de Berlín de 1919 y a su propio fusilamiento y el de su camarada Liebnecht, por no adoptar en la práctica el centralismo democrático bolchevique, quedando a merced de la contrarrevolución burguesa en la República “social-demócrata” de Wëimar.

Así que, para empezar, una cuestión de método:  no hacemos altares ni exégesis de libros, citas y autores.  Somos revolucionarias y revolucionarios para quienes sin teoría no hay práctica revolucionaria, del mismo modo que sin práctica revolucionaria no hay teoría revolucionaria, conforme a la célebre frase de Lenin.

2.- HACIA UN PROYECTO ECO-FEMI-SOCIALISTA Y ANTIIMPERIALISTA

 Gran parte del marxismo ha reducido el conflicto social a la lucha de clases, tomando al pie de la letra el primer párrafo del primer capítulo del Manifiesto Comunista, sin considerar la nota al pie posterior de Engels que aborda la prehistoria y el matriarcado que antecede a la sociedad de clases.   

No obstante, siendo completamente acertada la centralidad de la lucha de clases para explicar el devenir de la historia, hay otras esferas del conflicto social que se articulan dialécticamente al conflicto de clase, que no pueden ser desdeñadas o separadas mecánicamente, sino que más bien son cosubstanciales, claves, que explican cómo se entretejen las contradicciones cada vez más brutales del capital, y desde una perspectiva transformadora, son vitales para articular el sujeto social y político del cambio revolucionario.                                                                                  

El conflicto de clase, así como la opresión de las mujeres y la población LGBQTI, tienen ambos como piedra de toque original la instauración de propiedad privada de los medios de producción en manos de una minoría de patriarcas explotadores. Pero mientras el surgimiento de explotados y explotadores se da en el ámbito de las relaciones de producción, (en el caso del capitalismo referimos a la relación de explotación entre el capital y el trabajo asalariado); por otra parte, el patriarcado, con su secuela de misoginia y lesbo-trans-homofobia, opera en la esfera de las relaciones de reproducción (para garantizar la esclavitud doméstica de las mujeres y el derecho de herencia de los patriarcas explotadores).

No se pueden revolucionar las relaciones de producción, colectivizar los medios de producción como proponían Marx y Engels, sin revolucionar también, al mismo tiempo, las bases de su reproducción, es decir, sin transformar la familia nuclear, acabando con la esclavitud doméstica y el heterosexismo compulsivo.

Hay también un tercer eje del conflicto social que cobra cada vez mayor urgencia. Nos referimos a la contradicción entre la expansión sin límites de las fuerzas productivas (que se transfiguran en destructivas), que recrudece el capital y conduce a una galopante destrucción del ecosistema global.  Este conflicto no se suscita ni en las relaciones de producción, ni en las relaciones de reproducción, tiene que ver con el desarrollo de las fuerzas productivas, es decir, con el tipo de la tecnología y el aparato productivo, en general, con el efecto mortal de la producción del sistema capitalista con el ecosistema global.   La creciente amenaza de ruptura del equilibrio ecológico apunta a un escenario catastrófico –el calentamiento global entre los más descollantes– que pone en peligro la supervivencia misma de la especie humana. Enfrentamos una crisis de civilización que demanda un cambio radical.

El cuarto y último eje del conflicto social tiene que ver con batalla entre colonialidad y decolonialidad. Todas las relaciones de opresión se potencian y combinan con la brutal explotación, opresión, discriminación, e incluso exterminio de las poblaciones colonizadas por las metrópolis imperialistas occidentales especialmente, pero también de las potencias en orientales o euroasiáticas, como Japón, -o en las que se restauró el capitalismo de la mano de la mafia procedente del riñón de la antigua burocracia totalitaria stalinista o maoísta- nos referimos obviamente a China y Rusia. Y este conflicto tiene su estructura material en el sistema de división internacional del trabajo, el mercado mundial y el deterioro de los términos de intercambios desigual entre las naciones, bajo la égida del patrón dólar oro establecido en Bretton Woods en la segunda posguerra.  Por si fuera poco, afincado sobre el chantaje político financiero del FMI y el Banco Mundial, hechos a la medida para subyugar cada vez más a las naciones, y especialmente a los trabajadores, migrantes, mujeres y pueblos originarios del hemisferio sur esquilmado.

Si queremos derrotar el cáncer capitalista que nos corroe y construir una sociedad nueva, emancipada de toda opresión, nuestro programa debería, entonces, ser un proyecto integral que podríamos llamar eco-femi-socialista y antiimperialista.

Pero advirtamos que lo anterior no es un llamado al eclecticismo postmoderno, diletante, que rebaja a fraseología los pilares puestos a prueba una y mil veces por el marxismo, tales como la más férrea independencia de clase. La observación anterior tiene que ver con la necesidad perenne de actualizar el contenido programático o propositivo del proyecto revolucionario en el siglo XXI, concebido alrededor de lo que concebimos como los ejes imbricados de las grandes contradicciones del capital.

3.- EL SUJETO COLECTIVO DE LA EMNACIPACIÓN

Lo anterior no nos resuelve un elemento acuciante, que tiene que ver con que el marxismo es una ciencia crítica y militante. puesto que el objeto de nuestra milenaria batalla es la transformación de una sociedad cada vez más brutalmente depredadora e injusta, debemos tener claro entonces, la respuesta a la pregunta: ¿dónde está el sujeto colectivo capaz de transformarla en un sentido emancipatorio?

Lo anterior nos plantea un problema cardinal. ¿Cómo se resuelven las álgidas contradicciones, en el estadio histórico concreto en el que habitamos? Y además nos exige valorar si actuamos en consecuencia, tomando en cuenta que las relaciones de explotación y opresión, erigen sus bases materiales en las estructuras de producción, reproducción, fuerzas productivas y mercado mundial de un capitalismo en mórbida decadencia.

No obstante, la solución de estos conflictos estructurales, materiales, (que son el motor de la Historia) corresponde enteramente al plano de las condiciones subjetivas, de la conciencia, de la hegemonía cultural y la voluntad colectiva, cuyo territorio de guerra cotidiano es la política y en el que nada está escrito en piedra.

Desde luego, en nuestro caso, la política la ejercitamos para destruir al Estado que ampara y sostiene ese sistema capitalista cada vez más necrotizado, y que nos lanza a un colapso suicida a la humanidad y a la destrucción del metabolismo planetario. Nuestra política apunta estratégicamente a la insurrección popular victoriosa y el estado de transición revolucionario en cada país, y a escala mundial.