América Latina

Por Adolfo Gilly

(Capitulo II del Libro “La Revolución Interrumpida”)

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Durante todo el régimen de Porfirio Díaz, las haciendas habían crecido devorando las tierras de los pueblos y englobando en su seno a los mismos pueblos. En 1910, las haciendas abarcaban el 81 % de todas las comunidades habitadas de México. Especialmente en el norte y en el extremo sur, las haciendas absorbían del 80 al 95% de los pueblos. En los estados del centro de la República, en cambio, había una preponderancia mucho más marcada de los pueblos indios: en Hidalgo, el 20.7% vivía en hacienda; en Morelos, el 23.7%; en México, el 16.8%; en Oaxaca, el 14.5%; en Puebla, el 20.1%; en Tlaxcala, el 32.2%; en Veracruz, el 24%. En total, había en el país menos de 13,000 pueblos libres contra cerca de 57,000 en las haciendas.[1]

La culminación del ascenso del capitalismo en México bajo el régimen de Díaz iba a ser la destrucción definitiva de las tierras comunales. El capitalismo atrasado impuesto como una superestructura sobre el antiguo país campesino en la Colonia, que había coexistido durante siglos con la persistencia de formas económicas precapitalistas, había sido sustituido en el proceso de la Reforma y en su continuación, el régimen de Porfirio Díaz, por el capitalismo “moderno" que penetraba el interior campesino con los ferrocarriles, con la producción de materias primas para la exportación a los mercados capitalistas de Estados Unidos y Gran Bretaña, con el comercio y las relaciones mercantiles. Durante un tiempo, mientras iba eliminando las tierras comunales, el capitalismo también utilizaba como mano de obra asalariada local a campesinos de los pueblos que aún conservaban sus tierras, por un lado porque no tenía fuerza social suficiente para acabar de una vez con las tierras comunales, y por el otro porque aún le resultaba económicamente conveniente que parte del campesinado dispusiera de algunas tierras —a condición de que éstas fueran insuficientes y mal explotadas según la técnica moderna— para disponer de mano de obra barata en los meses del año en que ésta era necesaria, y dejar que en los restantes arrancara como pudiera el sustento de sus parcelas.

Pero la lógica del desarrollo capitalista iba terminando también con esta coexistencia de formas precapitalistas y de explotaciones basadas en la mano de obra asalariada. Donde esta contradicción era más visible era en la zona de Morelos, el centro de la entonces moderna industria azucarera.

La liquidación de los pueblos libres no era sólo un objetivo económico, con el doble fin de tener más tierras y liberar mano de obra. Era también un objetivo social. El capitalismo, con su doctrina individualista, con su oposición a toda forma de organización autónoma de las masas, necesitaba terminar con esa forma de organización campesina que eran los pueblos libres nucleados en torno a sus tierras comunales. Los pueblos resistieron. Habían resistido durante siglos, sin centro, aferrados a las viejas tradiciones comunitarias y sin que el débil capitalismo implantado desde arriba en el país tuviera medios ni fuerza económica, política o social para liquidarlos, es decir, para extender su sistema económico hasta lo profundo del país sustituyendo con él a la economía natural.

Ahora que el capitalismo había alcanzado un grado de desarrollo superior, la vieja resistencia campesina, que había ido cediendo, como lo prueba el número de pueblos englobados en las haciendas, pero que aún se atrincheraba en su organi¬zación comunal, como lo prueba también el número de pueblos libres y su población total, se encontró a su vez con que recibía el apoyo de una fuerza superior a la suya, con la cual no había contado en el pasado. Empíricamente, sin esperarlo ni buscarlo, la resistencia de los pueblos sintió que se convertía en un centro de la resistencia campesina y obrera contra la dictadura porfirista que ascendía en todo el país, y que esta oposición alcanzaba a capas de la pequeñaburguesía urbana antes silenciosas o atraídas por el “progreso” capitalista, y provocaba crisis, descontento y división en las mismas filas de la alta burguesía capitalista y terrateniente ligada al imperialismo en nombre del cual ejercían el poder Porfirio Díaz y su partido, los “científicos''.

Era el ascenso mundial de las luchas de masas lo que repercutía en México, como en Europa, en Estados Unidos o en China en ese entonces. Ese ascenso fue cortado por la guerra de 1914, pero reapareció violentamente con la revolución rusa de 1917. En México, detrás de la crisis política que desembocó en el año 1910, estaba el impulso de la situación mundial, aunque no tuvieran conciencia de ello las fuerzas que se movieron.

Menos que nadie tenían esa conciencia los campesinos. Pero contaban con una forma de organización propia, tradicional, heredada de siglos, con sus propias relaciones interiores que el capitalismo no había logrado eliminar. Entonces tenían un instrumento social para recibir esa influencia y para moverse colectivamente, un instrumento primitivo, imperfecto, pero de ellos, mientras el conjunto de las masas carecía de instrumentos superiores, como partidos o sindicatos independientes. En la vida social, en la relación antagónica de los pueblos libres con la sociedad burguesa representada por las haciendas y los hacendados, los campesinos sintieron y vieron la división de la burguesía Resistieron, movidos por la defensa de sus tierras, de sus costumbres, de sus relaciones sociales comunales subsistentes en los pueblos libres o subsistentes aún en la memoria colectiva allí donde las haciendas habían arrebatado las tierras en las décadas últimas.

Para resistir, los campesinos acudieron a esa forma de organización. No tenían otra, ni partido, ni sindicato, ni dirección obrera. Tenían la voluntad de resistir y de pelear, templada en siglos de combates para subsistir y que ahora intuía la posibilidad de apoyarse en fuerzas superiores para abrirse paso, y la intuía sobre todo en la división política de su enemigo. Allí donde aún se mantenía la organización comunal, sobre todo en el centro del país, los campesinos la utilizaron y la convirtieron empírica pero seguramente en el centro político de toda la guerra campesina mexicana de 1910 a 1920. Por eso fue allí, donde las masas campesinas tenían su forma de organización tradicional, donde surgió el programa agrario de la revolución y surgió el dirigente político campesino, Emiliano Zapata. Fueron los pueblos organizados quienes crearon a ambos.

Esa organización colectiva precapitalista, al convertirse en base de la lucha revolucionaria del campesinado en los comienzos de la época mundial de las revoluciones proletarias y de los soviets abierta en Rusia en 1905, adquirió una dinámica empírica anticapitalista y una fuerza social poderosa. En lugar de las utopías del retorno imposible al pasado comunal de las antiguas insurrecciones campesinas, sintió, aun sin comprenderlo conscientemente, que se abría una perspectiva colectiva sobre el futuro socialista que iba a inaugurar en los hechos la revolución rusa pocos años después.

Allí reside el secreto y el núcleo esencial de la potencia irresistible de la guerra campesina mexicana, de la revolución mexicana iniciada en 1910 y de su dinámica interior objetivamente anticapitalista, que enlaza las formas de organización económica y social comunales precapitalistas de las masas campesinas con la perspectiva de la revolución socialista, de la organización económica y social colectiva del Estado obrero que construye el socialismo.

Aunque ese enlace no pudo completarse —por las razones históricas, políticas y sociales que veremos en este texto— tampoco pudo ser cortado y destruido por la tendencia capitalista del movimiento revolucionario que tomó el poder estatal como resultado de esa etapa de la revolución y que desarrolló sobre nuevas bases el capitalismo en el país. El enlace se mantuvo y se mantiene en la conciencia de las masas. Reapareció vigorosamente en la superficie en el ascenso de masas de la época de Cárdenas. La revolución no concluyó con el triunfo del capitalismo ni fue suprimida. Quedó interrumpida. Y el desarrollo capitalista se efectuó, pero quedó preso de ese lazo no cortado. El capitalismo mexicano, con todo su aparente dinamismo económico posterior, se desarrolló como un capitalismo preso, con bases sociales prestadas, no propias. Se desarrolló sobre las espaldas de las masas, pero también quedó preso y está preso de una revolución no concluida, simplemente interrumpida, y de esas mismas masas sobre cuya dominación y explotación basó su desarrollo económico. El lazo que tendieron las masas desde 1910 hasta 1920 entre la revolución mexicana y la revolución socialista mundial no se cerró, pero tampoco se cortó. Puede decirse que quedó allí, flojamente colocado sobre el cuello de la burguesía. Las masas mexicanas siguen firmemente agarradas a uno de sus extremos y la revolución mundial está jalando cada vez con mayor fuerza del otro.

Como en muchos países de África y de Asia, como en Ecuador, Bolivia pero sobre todo Perú en América Latina, en México la civilización y la organización social anteriores a la penetración del capitalismo a través de la conquista europea, se basaron en la antigua comunidad agraria, en sus relaciones interiores, en su economía colectiva, en sus costumbres tradicionales. Sobre esas comunidades o calpulli, se alzaba el imperio de los aztecas y su capital, México-Tenochtitlan, como en Sudamérica el imperio de los incas y su capital, el Cuzco, se alzaban sobre los ayllu, nombre quechua de las mismas comunidades.

En estos, como en todos los países coloniales de vieja civilización agraria comunal, el capitalismo siempre penetró muy por encima, sobre todo en el campo. Se “instaló” sobre una estructura social y económica anterior y la puso a su servicio, en parte porque le era útil pero sobre todo porque no tenía fuerza para construir otra completamente capitalista.

Marx ha analizado repetidamente en sus obras las comunidades agrarias primitivas, sobre las que se levantaron las dinastías asiáticas: y también cómo penetró sobre ellas y las utilizó el imperialismo colonial, por ejemplo el imperialismo inglés en la India. Lejos de idealizarlas, Marx muestra con dureza sus rasgos de atraso e inmovilidad. Al mismo tiempo muestra cómo esas comunidades agrarias inmutables, donde no existe aún diferenciada la propiedad territorial, han podido subsistir por siglos mientras los déspotas y las dinastías que vivían de los tributos de las comunidades, como gobiernos centrales cuya principal función social era la ejecución de las grandes obras públicas, se alzaban y caían sucesivamente sin alterar en nada, casi nada, la continuidad inmutable de la vida comunal campesina.

Así fue como el imperialismo inglés se apoderó de la India y puso al servicio de su aparato gran parte de toda la estructura anterior, sin trasformar para nada el interior del país, sus relaciones internas, su atraso. Sustituyó a las cumbres anteriores y tomó su lugar. Cierto, con esto ligó a) país al mercado mundial capitalista, lo sometió a sus fines, lo incorporó al dinamismo de la historia moderna, desarrolló un proletariado industrial y agrícola y sembró la semilla de la revolución antimperialista y socialista. Pero lo profundo campesino del país, no lo cambió. Allí el capitalismo se apoderó de los tributos, entró en parte con sus productos, disolvió en parte las relaciones anteriores, pero en definitiva se quedó en la superficie, porque no tuvo fuerza.

El modo de producción asiático, como lo llama Marx, subsistió por debajo de la dominación colonial, que más bien se asentó en él y lo puso a su servicio en tanto no podía destruirlo como lo impondría la lógica del desarrollo del sistema capitalista[2].

Ahora bien, él modo de producción asiático no es puramente asiático. Aparece también en América Latina y en África y antiguamente en regiones de Europa. En Europa, concretamente a partir de los griegos, el desarrollo se operó hacia el esclavismo, el feudalismo y el capitalismo. Y de ahí, el capitalismo se extendió por la vía colonial hacia el resto del mundo, donde el desarrollo subsistía en el nivel tribal o en el “asiático", o en niveles anteriores. En América Latina, las grandes civilizaciones precolombinas, la mesoamericana y la andina —más concretamente, la azteca y la incaica—, a la llegada de los españoles correspondían con toda precisión al modo de producción asiático, como también lo analiza Marx.

La conquista española, es decir, la forma de penetración del capitalismo en América Latina, no suprimió ese modo de producción, sino solamente los imperios que se alzaban sobre él, sus cumbres. En México y en Perú, los dos grandes centros iniciales de desarrollo de la conquista, los españoles liquidaron a los emperadores y a su corte, ocuparon su lugar y alzaron sus templos y santuarios en los mismos sitios y sobre las ruinas y los cimientos de los templos y santuarios indios, según la tradición de todos los conquistadores del mundo.

La sociedad agraria, sustento de los viejos imperios, quedó igual, y sólo paulatinamente fue cambiando, con la lentitud impuesta por la débil fuerza del capitalismo en la metrópoli. En parte fue exterminada físicamente, pero en parte subsistió manteniendo y reproduciendo Jos viejos moldes agrarios comunales. La Corona española reconoció la propiedad de los pueblos, de las comunidades, y sus autoridades expidieron títulos que Jos pueblos guardaron cuidadosamente durante siglos, porque eran el reconocimiento por el nuevo imperio de su propiedad colectiva, del calpulli o del ayllu. Incluso instituciones de los imperios precolombinos, como la mita de la época incaica, o sea la obligación de un aporte en trabajo al gobierno central por parte de las comunidades para las grandes obras de caminos, minas,' construcciones, etc., fueron utilizadas tal cual por los españoles, en especial para sus minas de plata, pero dándoles un carácter agotador, exterminador de millones de indios obligados a trabajar más allá del límite de sus fuerzas.

Pero en lo profundo del territorio de los antiguos imperios, la comunidad agraria persistió, en la colonia y después de la independencia. El capitalismo coexistió con ella, le arrebató terrenos a través de las haciendas, la fue descomponiendo en parte, pero no la suprimió nunca: mientras la iba absorbiendo, vivía sobre ella. En el campesinado indio se mantuvieron las relaciones, los modos, las costumbres de la comunidad agraria con más fuerza que las introducidas por el capitalismo.

Es indudable que al mismo tiempo se va descomponiendo la comuna agraria, porque mientras los despotismos asiáticos o los imperios precolombinos se asentaban sobre ella y la dejaban tal cual, el capitalismo colonial se asienta sobre ella pero tiende a penetrarla y disgregarla por el comercio, a devorarla con las haciendas y a arrebatar tierras a los campesinos para obligarlos a vender su fuerza de trabajo como asalariados en las plantaciones o en las industrias.

Al penetrar con las relaciones comerciales, el capitalismo acelera el proceso de diferenciación interior en la comunidad, entre comuneros ricos, medios y pobres, y destruye la igualdad, que es la base y la esencia misma de la comuna agraria.

Al quitarles las tierras mejores con la extensión de las haciendas apoyadas por la fuerza armada estatal, el capitalismo también disgrega o destruye a las comunidades, relega a sus restos a las tierras más áridas y escarpadas (como sucedió en Perú y también en México), lanza a una parte de los comuneros al mercado de mano de obra asalariada, los convierte en peones de las haciendas, en mineros o en los trabajadores más pobres de las ciudades; y en casos excepcionales, pero sistemáticos, los convierte en bandidos, que es la forma elemental de la rebeldía agraria de los campesinos despojados de sus tierras por el capitalismo y los señores.

Pero aun destruyendo o descomponiendo o acelerando el proceso de descomposición de parte de las comunidades agrarias, el capitalismo no fue capaz de introducir una cultura superior, una relación social superior en el campo, como de todos modos lo hizo, a pesar suyo, en la gran industria, en la fábrica, al desarrollar al proletariado y al desarrollar éste, por su función en la producción, esas relaciones basadas en la solidaridad. No sólo subsistieron —combatiendo, porque de otro modo no subsiste— parte de las comunidades agrarias sino que en el campesinado persistieron sus costumbres colectivas, sus relaciones igualitarias, sus formas de producción y de trabajo basadas en la cooperación [3] y en la ayuda mutua, su lenguaje fraternal, con una fuerza social superior a la del capitalismo.

Esos lazos internos provenientes de la comunidad, ante la invasión de las haciendas cumplen una función superior, la de la solidaridad. Esta función es generada también por la nueva relación del campesino con la hacienda como jornalero agrícola, pero se enlaza con las viejas relaciones y costumbres. Allí encuentran, por ejemplo, las milicias su base y su punto de apoyo en las relaciones sociales, como lo mostró el zapatismo.

El capitalismo pudo sustituir el poder político y militar, colocarse él sobre las comunidades, combatirlas, explotarlas económicamente como terrateniente, industrial y comerciante. Pero como no pudo aportarles ninguna cultura superior ni ninguna cultura en general —entendida como relación humana—, quedaron los elementos de la vieja cultura campesina, las viejas relaciones comunales, deformadas, desvaídas al alejarse de su base material o al debilitarse ésta, clandestinas con relación a la sociedad oficial y dominante. Pero quedaron.

La tradición y las relaciones internas del campesinado en estos países, entonces, son diferentes —o en parte diferentes— de las del campesino europeo surgido del feudalismo, con siglos de propiedad privada o de aspiración a la propiedad privada. No quiere decir esto que el campesinado de estos países no aspire en absoluto a la propiedad privada. En parte si, allí donde ha penetrado más la relación capitalista. Pero la vieja cooperación está aún muy viva en las costumbres, en las tradiciones, en el lenguaje y reaparece fácilmente (hoy mucho más que en cualquier otra etapa, cuando tiene un centro y un ejemplo en los Estados obreros).

Sin duda, por su función en la producción y su ubicación en el mercado, como productor, vendedor y hasta pequeño patrón, no asalariado, hay una similitud importante entre el campesinado de estos países y el surgido del feudalismo en Europa. Pero aun así, su trayectoria social y cultural es diferente. Lo que lo opone al mundo capitalista es otra línea de defensa. Y sus tradiciones comunales, en la época de la revolución proletaria mundial, cumplen la triple función de servir como parte de la estructura y del sostén de los órganos para organizar la lucha; de enlazar su comprensión con la perspectiva colectiva y socia- lista; y de servir de punto de apoyo para el salto a un modo de producción superior, también colectivo, en la organización del Estado obrero y en la construcción del socialismo.

Marx y Engels se negaron siempre a idealizar a la antigua comunidad agraria y a suponer que se podía pasar directamente de ella a formas colectivas socialistas, como sostenían los populistas, sin pasar previamente por el desarrollo de los medios de producción que significa el capitalismo. En cambio, plantearon la posibilidad de que, derribado el capitalismo en uno o más países, la comuna agraria, allí donde todavía hubiera logrado subsistir, encontrara en esos países un ejemplo y un modelo a seguir para saltar a la perspectiva socialista sin pasar por el capitalismo. En una carta a Vera Zasulich del 8 de marzo de 1881, Marx dice:

“Como última etapa de la formación primitiva de la sociedad, la comunidad agrícola es al mismo tiempo una etapa de transición hacia la formación secundaria, o sea una transición de la sociedad basada en la propiedad colectiva a la basada en la propiedad privada. La formación secundaria abarca, como comprenderá, la serie de sociedades basadas en la esclavitud y la servidumbre.

"¿Pero significa esto que la carrera histórica de la comuna agrícola deba conducir inevitablemente a este resultado? Por cierto que no. El dualismo que existe dentro de ella plantea esta alternativa: o bien el elemento de la propiedad privada superará al elemento colectivo, o éste vencerá al primero. Todo depende del ambiente histórico en que surja . Estas dos soluciones son posibles a priori, pero para una o para otra se requieren, evidentemente, medios históricos completamente distintos."

En una segunda versión de esa carta, agrega:

“.. su medio histórico, la contemporaneidad de la producción capitalista, le presta completamente hechas las condiciones materiales del trabajo cooperativo organizado sobre vasta escala. Puede, pues, incorporarse las adquisiciones positivas elaboradas por el sistema capitalista sin pasar por sus horcas caudinas. Puede gradualmente suplantar a la agricultura parcelaria por la agricultura combinada con ayuda de máquinas. Después de haber sido puesta previamente en estado normal en su forma presente. puede convertirse en el punto de partida directo de) sistema económico al cual tiende la sociedad moderna y cambiar ¿e piel sin empezar por su suicidio.. .”

Esta tendencia estuvo implícita en la revolución mexicana desde sus inicios Hoy esto es mucho más verdadero que cuando Marx lo escribió, porque ya no se trata de la. “contemporaneidad de la producción capitalista,” sino de que lo que subsiste en Asia, África y América Latina de las formas y tradiciones comunales es contemporáneo de los Estados obreros, de la economía colectivizada y planificada, y además suministra formas de organización campesinas aptas para ser utilizadas en la lucha revolucionaria.

En el prólogo a la edición rusa del Manifiesto Comunista, de 21 de enero de 1882, Marx y Engels escribieron:

“El Manifiesto Comunista se propuso como tarea proclamar la desaparición próxima e inevitable de la moderna propiedad burguesa. Pero en Rusia, al lado del florecimiento febril del fraude capitalista y de la propiedad territorial burguesa en vías de formación, más de la mitad de la tierra es poseída en común por los campesinos. Cabe, entonces, la pregunta: ¿podría la comuna rural rusa —forma por cierto ya muy desnaturalizada de la primitiva propiedad común de la tierra— pasar directamente a la forma superior de la propiedad colectiva, a la forma comunista, o, por el contrario, deberá pasar primero por el mismo proceso de disolución que constituye el desarrollo histórico de Occidente?

"La única respuesta que se puede dar hoy a esta cuestión es la siguiente: si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en Occidente, de modo que ambas se completen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida para una evolución comunista.” [4]

En todos estos textos, es muy claro cuál es la preocupación esencial de Marx y Engels: no las cifras de producción comparadas, ni la “coexistencia y competencia pacíficas” entre uno y otro modo de producción, sino la relación humana, la relación de los hombres entre sí y con la naturaleza en la comuna agraria.

En la comuna agraria ven, a pesar de sus elementos de atraso, una relación humana solidaria y fraternal, antagónica con todos los regímenes de propiedad privada y que éstos no han podido suprimir. Su análisis, entonces, está dirigido aquí como en todos sus textos a mostrar cuáles son las fuerzas acumuladas por la humanidad y en qué condiciones puede ésta utilizarlas para la expansión de sus cualidades, de sus capacidades y de su vida, en qué condiciones se pueden preservar esos elementos favorables y cómo puede la humanidad —y el campesinado, concretamente— apoyarse en ellos para el próximo salto de su devenir histórico, el salto al comunismo.

Todos estos elementes estaban presentes todavía, en mayor o menor grado, en el campesinado mexicano al comienzo de la revolución y contribuyeron —tanto como el desarrollo capitalista y la situación mundial, entre otros factores— a que tila en su desarrollo adquiriera empíricamente sus características peculiares y sus formas completamente originales con relación a: todas las revoluciones precedentes.

Las primeras grandes luchas anunciadoras de la revolución y centralizadoras del descontento nacional de las masas no partieron, sin embargo, del campesinado, sino del proletariado. El capitalismo, al desarrollar concentraciones industriales, ferrocarriles, un ejército nacional basado en la leva (de donde los campesinos reclutados por la fuerza regresaban a sus pueblos con rudimentos de conocimientos militares modernos), dio los centros para que la rebelión que maduraba en las masas del campo no fuera una simple revuelta campesina, sino una revolución. Por eso no fueron levantamientos campesinos locales, sino grandes huelgas obreras las que recogieron más directamente la influencia de la situación mundial, concentraron la de la situación nacional y expresaron en centros de peso económico la inquietud revolucionaria de las masas de todo el país.

En junio de 1906, los mineros del norte de Sonora quebraron la llamada “paz porfiriana’’ y lanzaron la primera de las grandes huelgas anunciadoras de la revolución próxima. El lo. de junio, los mineros del cobre del minera! de Cananea. explotado por una empresa norteamericana, se declararon en huelga exigiendo la destitución de un mayordomo, un salario mínimo de cinco pesos por ocho horas de trabajo, trato respetuoso a los trabajadores y que en todos los trabajos se ocupara un 75% de personal mexicano y un 25% extranjero, a igualdad de aptitudes. Exponían sus demandas en un manifiesto en el cual atacaban al gobierno dictatorial como aliado de los patrones extranjeros.

Ese día a la tarde tres mil huelguistas salieron en manifestación por la población de Cananea, con banderas mexicanas y algunas banderas rojas, y carteles que demandaban: “Cinco pesos por ocho horas." Los manifestantes llamaron a la huelga a los que aún seguían trabajando y lograron su incorporación. Cesó todo el trabajo, y cinco mil trescientos mineros del cobre entraron en el movimiento. Los agentes de la empresa atacaron a la manifestación, mataron un obrero; los obreros respondieron y mataron a agentes de la empresa. La lucha se generalizó Por dos días, entre los obreros mal armados con rifles y pistolas tomados en un asalto a los montepíos y casi sin parque, y ]as tropas del Estado bien armadas, apoyadas por un batallón de “rangers” norteamericanos de 275 hombres, que cruzó la frontera llamado por el gobernador de Sonora para reprimir a los huelguistas. Estos fueron derrotados y sus dirigentes condenados a quince arios de prisión, de donde los sacaría mucho antes la revolución. Entre ellos estaban dos futuros militares de los ejércitos revolucionarios, Esteban Baca Calderón y Manuel M. Diéguez, éste futuro general de división del ejército constitucionalista.

Siete meses después estalló la segunda gran huelga que anunciaba el ocaso de la dictadura. A mediados de 1906 Jos obreros textiles de Rio Blanco, estado de Veracruz, organizaron el Gran Círculo de Obreros Libres. No tardaron en formarse círculos similares en Puebla, Querétaro, Jalisco, Oaxaca y el Distrito Federal. Las asociaciones patronales, encabezadas por el Centro Industrial de Puebla —tradicionalmente uno de los grupos patronales más reaccionarios del país— prohibieron toda organización obrera bajo pena de despido. Estallaron paros y huelgas en defensa de ese derecho.

Finalmente, el 5 de enero de 1907 se dio a conocer un laudo presidencial, que negaba el derecho de organización a los trabajadores y ordenaba la reanudación del trabajo en las 96 empresas textiles paradas en todos esos estados, el día 7 de enero. Ese día los cinco mil obreros textiles de Río Blanco no entraron a trabajar. Se agruparon frente a las puertas de la fábrica para impedir que alguien entrara. Fueron atacados por los agentes de la empresa y un obrero murió de un balazo. La multitud se lanzó sobre la tienda de raya, la saqueó, Ja incendió y luego los obreros, con sus mujeres y sus niños, resolvieron marchar en manifestación sobre Orizaba para exigir su derecho a organizarse. En el camino los esperó el ejército, emboscado en una curva, y al llegar la columna hizo fuego indiscriminadamente sobre la masa. En la masacre hubo cientos de muertos y heridos, Luego el ejército organizó una cacería de obreros calle por calle y casa por casa. El 8 de enero Rafael Moreno y Manuel Juárez, presidente y secretario del Gran Círculo de Obreros Libres, fueron fusilados frente a los escombros de la tienda de raya de Rio Blanco.

Las organizaciones que dirigieron ambas huelgas estaban vinculadas al Partido Liberal de Ricardo Flores Magón. El Partido Liberal lanzó su programa desde Saint Louis, Missouri, en el año de 1906, donde llamaba a derribar a la dictadura y a alizar una serie de reformas políticas y sociales: sufragio si, no reelección presidencial, supresión de caciques y jefes políticos locales, enseñanza laica, instrucción obligatoria hasta los 14 años y mejores sueldos para los maestros, nacionalización de ¡os bienes del clero puestos a nombre de testaferros, jornada máxima de ocho horas de trabajo, descanso dominical obligatorio, salario mínimo de un peso y mayor en las regiones de más alto costo de la vida, reglamentación del trabajo a domicilio y del servicio doméstico, prohibición del trabajo de menores de 14 años, higiene y seguridad en los lugares de trabajo, a cargo de los patrones, indemnización por accidentes de trabajo, anulación de todas las deudas de los peones con los terratenientes y abolición de las tiendas de raya, fundación de un banco agrícola, restitución de ejidos de los pueblos y distribución de las tierras ociosas entre los campesinos, protección a la raza india.

De este programa de reformismo social —un programa nacionalista pequeñoburgués de desarrollo capitalista democrático del país, muchos de cuyos puntos reaparecieron posteriormente en la Constitución de 1917—, Ricardo Flores Magón evolucionó después hacia el anarquismo y la necesidad de una revolución social armada que expropiara a capitalistas y terratenientes. Y ya sea directamente a través de los puertos de la costa del Pacífico, ya sea a través del magonismo, también ejercieron su influencia en sectores obreros de la revolución y en el movimiento obrero mexicano las posiciones anarcosindicalistas de los Industrial Workers of the World (I.W.W.) de Estados Unidos, entonces en su mejor época militante. Hasta hoy, la bandera de huelga de los sindicatos mexicanos es la bandera rojinegra de los antiguos anarcosindicalistas.

En junio de 1903, Flores Magón y sus compañeros organizaron uno de los varios levantamientos precursores de la revolución. Se alzaron los liberales magonistas en Coahuila, en Yucatán, y en Palomas, Chihuahua, pero en los tres estados fueron derrotados por el ejército.

Los constantes levantamientos campesinos, dispersos en el tiempo y en el espacio por el país y ahogados en sangre por los rurales o el ejército federal, no habían tenido hasta entonces Programa, salvo la vuelta al pasado en la mera recuperación e las tierras comunales, ni perspectiva nacional. Las luchas obreras de la primera década del siglo XX apuntaban en sus reivindicaciones económicas y políticas y en su base social, el Proletariado, hacia el futuro y tendían a buscar alcances nacionales: Cananea exigía las ocho horas y atacaba al gobierno central; Río Blanco fue la culminación de una huelga textil nacional y exigía el derecho de organización sindical.

La clase obrera aún no tenia peso social suficiente en el país y sus centros estaban dispersos y en gran parte alejados del centro político, la capital. Sin embargo, las movilizaciones obreras minoritarias socialmente iban a terminar por encontrar eco y lazo de unión en la inquietud revolucionaria que agitaba sordamente al campesinado, y la inmensa masa campesina terminaría por encontrar una guía y una salida hacia el futuro para sus demandas en la alianza con las fuerzas revolucionarias urbanas. La evolución de Ricardo Flores Magón y su grupo del liberalismo al anarquismo socializante, más que un caso personal era un anuncio parcial de la maduración que se producía en las profundidades sociales de las masas mexicanas. Pero también era un indicio de una de las mayores limitaciones de esa maduración: la ausencia de partido obrero independiente.

Las grandes huelgas de Cananea y Rio Blanco influyeron en la radicalización del magonismo. Mostraron a las masas definitivamente que hasta para arrancar los derechos más elementales había que derribar a la dictadura con las armas. Fueron un centro de atención para importantes sectores campesinos en todo el país. Y fueron una alerta para todos los sectores de la burguesía, que sintieron la profundidad de la crisis social que sacudía toda la estructura política del régimen capitalista mexicano.

La crisis social se reflejó en la crisis política de la burguesía. La oposición burguesa, tímidamente activa desde principios de siglo, intensificó su actividad hacia fines de esa década. Así surgió la figura de Francisco I. Madero, miembro de una rica familia de terratenientes, planteando primero una transacción con la dictadura que permitiera un retiro paulatino de Porfirio Díaz, y posteriormente, ante la intransigencia de éste, la consigna de no reelección y sufragio libre. La preocupación de Madero, como de otros políticos de Ja oposición burguesa, no era encabezar una revolución como la que estalló finalmente entre sus manos, sino contener y evitar el estallido revolucionario popular que todos presentían inminente, haciendo a un lado a Porfirio Díaz y asegurando su sucesión pacífica y burguesa a través de algunas reformas políticas.

La preocupación de Díaz y sus partidarios —el grupo llamado de los "científicos"— era que toda concesión como la que demandaba el maderismo iba a significar un estimulo a la población y a acelerar el estallido revolucionario que maduraba particularmente en las masas campesinas.

Como siempre en estos casos, ambos tenían razón. En la querella burguesa estaba destinado a ganar transitoriamente el sector que usufructuaba a favor de sus posiciones la fuerza del ascenso revolucionario y que trataba de contenerlo y canalizarlo con limitadas concesiones políticas. Las masas no tenían organismos propios independientes, partido, sindicatos de masas. Su presión social se expresó entonces en la división y la lucha interna en las filas burguesas. Y la división de la burguesía, contra la voluntad de todas sus facciones, terminó de abrir las puertas a la intervención revolucionaria de las masas.

En junio de 1910, Porfirio Díaz se hizo reelegir en su cargo. El candidato de oposición, Madero, estaba en la cárcel. Puesto en libertad condicional, escapó a Estados Unidos en octubre. Fechado el 5 de ese mes en la ciudad de San Luis Potosí, lanzó al país el Plan de San Luis. Este programa declaraba nulas las elecciones que se habían efectuado, proclamaba a Madero presidente provisional desconociendo al gobierno de Porfirio Díaz y afirmaba el principio de no reelección. En su artículo tercero, el plan declaraba que se restituirían a sus primitivos propietarios, en su mayoría indios, las tierras de que los habían despojado los tribunales y autoridades aplicando abusivamente la ley de terrenos baldíos; quedarían sujetos a revisión esos fallos y disposiciones y los nuevos poseedores de las tierras deberían devolverlas a los pequeños propietarios que sufrieron despojo arbitrario. Este era el único punto del plan que planteaba una reivindicación social; pero fue el que atrajo y concentró la atención de los campesinos de todo el país, y los estimuló a seguir el llamado a las armas que hacia el Plan de San Luis: el domingo 20 de noviembre de 1910, “de las seis de la tarde en adelante ’, decía el llamado, todos los ciudadanos en todas las poblaciones de la República deberían levantarse en armas bajo el plan maderista.

En el norte, en Chihuahua, bajo la protección del gobernador del estado y partidario de Madero, se produjeron los primeros alzamientos. Francisco Villa, Pascual Orozco y otros, desconocidos hasta entonces salvo en sus regiones de origen, encabezaron pequeñas partidas campesinas que en las primeras acciones de guerrillas infligieron sucesivas, derrotas a los destacamentos federales enviados a reducirlas. En esos choques, el ejército federal ya insinuaba las características que luego se mostrarían plenamente en las batallas mayores: falta de iniciativa, pasividad, timidez, manda conservador — precisamente los rasgos opuestos a los que comenzaban a delinearse en las partidas guerrilleras revolucionarias. Casi contemporáneamente, hubo también levantamientos menores en los estados de Du- rango y Coahuila.

Las primeras victorias guerrilleras trajeron más y más campesinos, magníficos tiradores y jinetes de las grandes haciendas ganaderas, a los destacamentos revolucionarios del norte. En enero y febrero, los alzamientos armados contra el gobierno central se repitieron en distintos puntos del país. Los campesinos tenían ya un centro nacional para unir sus luchas locales siempre dispersas y aisladas antes: el levantamiento armado. Era un nuevo sentido de la vida el que ganaba a las masas campesinas y el alud hacia las armas, largo tiempo contenido o reprimido, se iba volviendo incontenible. No la figura o la política de Madero, sino la conquista de la tierra por las armas era lo que atraía más y más hombres a las distintas partidas campesinas.

En febrero de 1911, Madero entró al país desde Estados Unidos. Reunió sus fuerzas, atacó Casas Grandes y fue derrotado el 6 de marzo. Pero no era el triunfo o la derrota militar de Madero lo que decidía. En marzo prosiguieron los alzamientos en distintos puntos del país. En el estado de Morelos se levantó en armas Emiliano Zapata con otros dirigentes locales, se apoderaron con sus hombres de las armas de algunas haciendas y comenzó la lucha de lo que pronto seria el Ejército Libertador del Sur. Ese mismo mes, otros dirigentes se sublevaron en Guerrero. La revolución ganaba a todo el país, se generalizaba estado tras estado pero mostraba ya en germen dos centros visibles que perdurarían a lo largo de toda la lucha: Chihuahua en el norte, Morelos en el sur.

En mayo, Madero —cuyos representantes no habían interrumpido nunca las negociaciones con los representantes de Porfirio Díaz en busca de una transacción que les permitiera poner término a la insurrección campesina— reunió lo principal de las fuerzas que lo apoyaban en Chihuahua, unos tres mil hombres, frente a Ciudad Juárez. Mientras Madero dudaba y postergaba el ataque, sus jefes militares, Villa y Orozco, sin esperar sus órdenes dieron el asalto y tomaron la plaza el 10 de mayo. Era la primera ciudad que tenía en su poder la revolución.

Entretanto, en e) sur, el 20 de mayo las fuerzas de Emiliano Zapata tomaban la ciudad de Cuautla y establecían allí su cuartel general, y al día siguiente ocupaban sin lucha la capital del estado de Morelos, Cuernavaca.

Tanto Díaz como Madero comprendieron la doble advertencia del norte y del sur: había que llegar a un acuerdo, antes de que la guerra campesina pasara por encima de todos ellos. Esa fue la base de los Acuerdos de Ciudad Juárez, allí firmados el 21 de mayo entre los representantes del gobierno y Madero, por los cuales Porfirio Díaz se comprometía a renunciar y a entregar el poder como presidente interino a Francisco León de la Barra, entonces Secretario de Relaciones Exteriores, quien convocaría a elecciones generales. Al mismo tiempo, el convenio estipulaba que cesaba toda lucha armada entre las fuerzas del gobierno y las de la revolución, y que éstas serían licenciadas y entregarían sus armas estado por estado al ejército federal.

Los acuerdos, cuyo objeto era dar por concluida la revolución, desarmar a las masas y restablecer el orden jurídico burgués sostenido por el ejército federal, no decían una palabra sobre el problema de la tierra ni sobre ningún otro de los mencionados en el Plan de San Luis.

El 25 de mayo de 1911 renunciaba Porfirio Díaz y el 26 se exilaba a Francia. El 7 de junio entraba triunfalmente Madero a la ciudad de México. Para las fuerzas burguesas, la revolución había terminado.

Mientras tanto, los campesinos comenzaban la revolución. En distintos puntos del país, sin concierto previo, pequeños grupos armados de indios y peones tomaron las tierras de cantidad de grandes haciendas y las araron y sembraron bajo la protección de sus fusiles. Muchos pueblos invadieron y recuperaron las tierras que en los años anteriores les habían arrebatado las haciendas. Este movimiento se extendió por los puntos más diversos del país, mientras en la capital las cumbres políticas burguesas continuaban en sus transacciones y componendas. En Chihuahua, Durango, Jalisco, Hidalgo, Guerrero, los campesinos armados tomaban tierras y las cultivaban. Sobre todo en Morelos y Puebla el movimiento era incontenible y general.

Era el fracaso de los acuerdos de Ciudad Juárez. Sin jefes nacionales, sin plan, impulsada por su propia fuerza social Puesta en movimiento en todo el país, la iniciativa de los campesinos armados estaba resolviendo desde abajo, con sus propios métodos directos y claros, sin esperar leyes ni decretos, el Problema de la tierra.

Así empezó la revolución mexicana.

 

[1] Estas cifras las da Frank Tannenbaum en su libro Peace by Revolution (1933). Allí dice:

“Hay que señalar otro punto en la descripción del México rural antes de la revolución. Las comunidades incluidas en las haciendas generalmente eran más pequeñas que los pueblos libres que aún quedaban. Las 56.825 poblaciones en las haciendas tenían una población promedio de 97 personas, mientras que los 12.724 pueblos libres tenían un tamaño medio de 541 habitantes. En otras palabras, la hacienda al destruir al pueblo libre tendía a reducirlo en tamaño, a dispersar su población en grupos más pequeños, a someterlo a un control más directo, y a convertirlo, tanto económica como políticamente, en un grupo menos independiente y capaz.

"Podemos resumir diciendo que hacia el final del régimen de Díaz había menos de 13.000 pueblos libres en México contra cerca de 57.000 en las haciendas; que la aldea de la hacienda tenía menos de un quinto del tamaño de la aldea Ubre; que los pueblos de haciendas se encontraban con mayor frecuencia en los estados menos montañosos; que este sistema de reducir las aldeas a Las haciendas se había estado aplicando durante cuatrocientos años; que bajo el régimen de Díaz se lo impulsaba con mayor energía que en cualquier etapa anterior; y que era contra los pueblos de los estados que rodean el valle de México donde la comunidad libre había sobrevivido mejor, contra quienes era más visible el ataque ahora".

[2] • En El Capital, 1.1, cap. xm, "La cooperación", secc. V. Marx describe una de esas comunidades indias. En otra parte de El Capital. t IH. cap. XX, "Algunas consideraciones históricas sobre el capital comercial", dice:

"Un ejemplo terminante de los obstáculos que la solidez interior y la estructura de los modos de producción nacionales precapitalistas oponen a la acción disgregadora del comercio, nos lo dan las relaciones de Inglaterra con India y con China. En estos países, la unidad de la pequeña agricultura y de la industria doméstica constituyen la gran base del modo de producción; a esto hay que agregar, en e! caso de la India, la forma de las comunas rurales basadas en la propiedad común de la tierra, que por lo demás era también la forma primitiva en China. En la India, los ingleses, como gobernantes y terratenientes. emplearon simultáneamente su poder político y su poder económico para hacer saltar esas pequeñas comunidades económicas. Si su comercio actúa aquí en forma revolucionaria sobre el modo de producción, lo hace a costa de destruir con sus mercancías a bajo precio, los talleres de hilado y de tejido, antiquísima parte integrante de esta unidad de la producción industrial y agrícola, lo cual destroza las comunidades. Aun aquí su obra de destrucción -sólo avanza en forma muy gradual. Menos éxito aún tiene en China, donde el poder político directo no la ayuda. La gran economía y el gran ahorro de tiempo que se obtiene con la conexión directa de la agricultura y de la manufactura (subrayado mío. A. G.) oponen aquí la resistencia más tenaz a los productos de la gran industria; los precios de estos productos incluyen los gastos superfinos (faux frais) del proceso de circulación que en todas partes los deja en desventaja. Al contrario del comercio inglés, el comercio ruso deja intacta la base económica de la producción asiática".

Marx agrega una nota al pie: “Si hay un caso en que la historia ^ un pueblo nos ofrece experiencias económicas fallidas y realmente ridículas (aunque en realidad infames), es precisamente la historia de la administración inglesa en la India. En Bengala, crearon una caricatura de la gran propiedad terrateniente inglesa; en la India sudoriental, una caricatura de la propiedad parcelaria; en el noroeste, trasformaron en todo lo que pudieron a la comunidad económica india basada en la propiedad comunal de la tierra, en una caricatura <te si misma".

Y Engels otra sobre el comercio ruso, agregada con posterioridad 8 la redacción de Marx: “Desde que Rusia se esfuerza desesperadamente por desarrollar una producción capitalista propia, exclusivamente destinada al mercado interior y al de las regiones vecinas de Asia, también aquí hay un principio de cambio".

[3] • En el capítulo de El Capital, t. I., sobre la cooperación, ya citado, Marx se refiere a esta forma de cooperación no basada en el intercambio sino en la relación comunal: "La cooperación, tal como la encontramos en los orígenes de la civilización humana, entre los pueblos cazadores, en la agricultura de las comunidades indias, etc., se basa en la propiedad en común de las condiciones de producción y sobre el hecho de que cada individuo se adhiere todavía a su tribu ° a la comunidad tan fuertemente como una abeja a su colmena. Estos dos caracteres la distinguen de la cooperación capitalista".

[4] • Once años después Engels da una respuesta más definida para ese momento, pero que históricamente deja planteada en los mismos términos la posibilidad del salto de la primitiva propiedad comunal a la forma comunista de la propiedad colectiva. Dice Engels en una carta a Danielson del 17 de octubre de 1893:

“Usted mismo admite que 'las condiciones sociales en Rusia después de la guerra de Crimea no eran favorables para el desarrollo de v ^T118 de producción que heredamos de nuestra historia pasada'.

iría más lejos y diría que no solamente en Rusia sino en ninguna otra parte habría sido posible desarrollar una forma social superior 8 Partir del comunismo agrario primitivo, a menos que esa forma superior existiera ya en otro país, de manera de servir como modelo Al ser esa forma superior, allí donde es históricamente posible, la consecuencia necesaria de la forma de producción capitalista y del antagonismo dualístico social creado por ella, no se podría desarrollar directamente a partir de la comuna agraria, salvo que fuera como imitación de un ejemplo ya existente en alguna otra parte Si Europa occidental hubiera estado madura, en 1860-70, para tal trasformación, si esa trasformación entonces hubiera sido emprendida en Inglaterra, Francia, etc., entonces los rusos habrían sido llamados a mostrar qué se podía hacer con su comuna, que en esa época estaba más o menos intacta. Pero Occidente permaneció estancado, no se emprendió esa trasformación y el capitalismo se desarrolló más y más rápidamente. Y como Rusia no tenía otra opción que esta: o desarrollar la comuna en una forma de producción de la cual estaba separada por una serie de etapas históricas, y para la cual ni siquiera en Occidente estaban maduras entonces las condiciones —evidentemente, una tarea imposible— o bien desarrollarse en capitalismo, ¿qué le quedaba sino la última alternativa?

”En cuanto a la comuna, sólo es posible mientras las diferencias de riqueza entre sus miembros no pasan de ser bagatelas En cuanto estas diferencias se agrandan, en cuanto algunos de Sus miembros se convierten en deudores-esclavos de los miembros más ricos, ya no puede existir. Los kulaks y 'mirviedi' (explotadores de aldeai de Atenas antes de Solón, destruyeron la gem ateniense con la misma implacabilidad con que los de su país destruyen la comuna. Creo que esa institución está condenada. Pero por otra parte, el capitalismo abre nuevas perspectivas y nuevas esperanzas. Mire lo que ha hecho y lo que está haciendo en Occidente. Una gran nación como la suya sobrevive a cualquier crisis. No hay ningún mal histórico sin un progreso histórico que lo compense Sólo cambia el modus operandi. Que les destinées s'accomplíssent/”